El comunicado siempre ha existido, pero antes era un recurso interno, un espacio para aclarar lo que debía resolverse puertas adentro. Hoy, en cambio, muchos se publican para advertir lo que todos ya saben o para ganar visibilidad en un ecosistema dominado por la viralización. Se invoca la institucionalidad mientras se la expone, y se comunica más para dejar constancia que para informar. En ese tránsito, el comunicado dejó de ser una herramienta de claridad y pasó a ser un reflejo de la necesidad de mostrarse, más que de explicar. (LAP)

Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760
En el deporte venezolano se ha vuelto costumbre que, ante cualquier tropiezo, aparezca un comunicado. No importa si se trata de una federación, una liga, un club o un técnico: todos parecen haber encontrado en este recurso una especie de salvavidas institucional, un mecanismo para decir sin decir, para advertir sin asumir, para tapar el sol con un dedo. Y lo más curioso es que, en la mayoría de los casos, estos textos no buscan aclarar nada; buscan protegerse, desviar la atención o dejar constancia de algo que ya se sabía.
Conviene recordar algo básico: un comunicado es una herramienta institucional diseñada para informar con claridad, asumir responsabilidades y ofrecer certezas. Su función es ordenar la narrativa en momentos de tensión, explicar decisiones, transparentar procesos y evitar rumores. No es un desahogo, ni un gesto de victimización, ni un mensaje cifrado para “dejar constancia” por si algo ocurre después. Cuando un comunicado no comunica —cuando no aclara, cuando no asume— deja de ser un instrumento de transparencia y se convierte en un simple artefacto de redes sociales.
Incluso, podemos argumentar que muchos de estos comunicados los cuales en otrora solían ser privados, ahora pareciera que publicarlos, o hacerlos públicos, generan un morbo más agradable, y te convierten en una figura fuerte ante la opinión pública, lo cual hoy es mucho más fácil gracias a las redes.
Algunos casos recientes
La Federación Venezolana de Fútbol lo ejemplificó recientemente con un comunicado que repudiaba la retención de prendas de vestir en el Metropolitano de Lara. Pero ese repudio omitió un detalle esencial: esa práctica ya se había aplicado en Maturín. Es decir, la FVF condenó un hecho que no solo conocía, sino que había permitido. El comunicado, más que una explicación, fue un intento de distanciarse de decisión que era de su conocimiento.
La Superliga Profesional de Baloncesto hizo algo similar. Anunció “prácticas que empañan la competencia”, pero sin describirlas. Un comunicado que parece más un recordatorio para el futuro que una información para el presente: cuando todo salga a la luz, dirán que lo habían advertido. Pero advertir no es informar, y mucho menos transparentar.
En el hipismo, el Instituto Nacional de Hipódromos habló de “ataques cibernéticos” para justificar la suspensión de una jornada, no se dijo, cómo, cuándo o dónde, solo habló de la situación. Días después, la presidencia del INH cambió. El comunicado, que sonaba a excusa técnica, terminó siendo la antesala de un remezón interno que el texto nunca se atrevió a mencionar.



Y en el fútbol, la moda se ha extendido a los clubes. Recientemente un equipo de fútbol del estado Lara publicó un comunicado para cuestionar una decisión arbitral y, además, anunciar que enviará otro comunicado a la Liga FUTVE 2. Un comunicado para anunciar un comunicado. Pero lo más llamativo no es eso, sino la base de la denuncia: una transmisión por un sistema de difusión que solo utiliza una cámara, en muchos casos fuera de foco, sin repetición, sin ángulos.
Una transmisión que, en cualquier liga profesional respetada, sería motivo de protesta por los propios clubes, -aclarando que no se trata del VAR-, sino de un mal invento donde se deja claro que la PRODUCIÓN televisiva no es de importancia para la Liga. Allí es dónde debería haber un comunicado. Allí sí hay un problema real. Pero en vez de exigir calidad de producción, se elige el camino más fácil: culpar al árbitro.
Y aquí aparece un punto que parece olvidado: la apreciación arbitral no es un error, es parte del juego. La IFAB —el organismo que realmente escribe las Reglas del Juego— lo deja claro en casi todos los articulados. De no haber VAR, El árbitro debe decidir en segundos, sin repeticiones, sin cámaras lentas, sin la comodidad del sofá. Quien no entienda eso, no entiende el fútbol. Y quien pretenda que cada decisión sea perfecta, está pidiendo un deporte que no existe.


Pero la cultura del comunicado no se limita al papel. Algunos técnicos han convertido la rueda de prensa en un comunicado verbal permanente. Eduardo Saragó, por ejemplo, ha hecho de la crítica arbitral un hábito postpartido. Incluso ha advertido a la Liga sobre qué árbitros “no deberían trabajar”, algo que resulta delicado, si le damos lectura Constitucional, o en tal caso, basándonos en la ley de trabajo en el país. Es el mismo patrón: la culpa siempre está afuera. El análisis interno, nunca.
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La cultura de los likes y la viralización
Todo esto ocurre en un ecosistema donde muchos equipos han abandonado el periodismo. Ya no informan: publican. Ya no explican: viralizan. Ya no construyen institucionalidad: buscan likes. El comunicado se ha convertido en un artefacto de redes sociales, no en un instrumento de comunicación. Un texto diseñado para generar ruido, no claridad. Para advertir, no asumir. Para victimizarse, no corregir.
Y mientras tanto, lo verdaderamente urgente —la organización, la planificación, la calidad de las transmisiones, la profesionalización de la industria— queda relegado. Se normalizan prácticas que antes eran impensables, y se discuten errores arbitrales con más pasión que los problemas estructurales.
Un aporte a la práctica
Posiblemente las nuevas generaciones de dueños de equipos, dirigentes y entrenadores consideran que un comunicado es algo similar a una nota de prensa. Y quizá sus asesores o empleados en esas áreas les han hecho creer que es lo mismo. Sin embargo, es muy claro que un memorándum, una síntesis curricular, un llamado de atención o una hoja de vida —todos procedimientos ligados al área administrativa— nunca dejarán de cumplir su función, más allá de que hoy se envíen por WhatsApp, se redacten en formato digital o se publiquen en plataformas como LinkedIn.
Los comunicados fueron creados para informar de verdad, no para hacer creer que se informa, mucho menos para alertar. De ahí la importancia de la comunicación en las empresas, de la sindéresis incluso cuando se tiene razón en algún reclamo. Es absurdo pensar que todo lo dicho o publicado se realiza sin medir las consecuencias.
Ese llamado de un técnico para que la Liga no le dé más trabajo a ciertos árbitros debió ser avalado —y aplaudido— por quien está por encima de ese director técnico. Así pasa con el resto de las cosas que ahora, por moda, se hacen llamar comunicados. Por eso, desde esta plataforma se hace un llamado a la reflexión: ante tanta basura de “opinators” en redes sociales, quienes a través de encuestas y formatos solo buscan viralización, nada mejor que intentar hacer comunicación de altura.
Las redes no son medios de comunicación; son espacios abiertos para que la gente brote. Son canales que, en algunos casos, apoyan a los medios reales. Y aunque la “spielberización” del periodismo —ese concepto de comunicación del séptimo arte que se apoderó de un sector de la sociedad, especialmente en Venezuela — ha transformado la forma de contar, la institucionalidad debe comenzar por respetarse a sí misma. Porque si se sigue exponiendo a los árbitros como culpables de los fracasos, no sería extraño que algún día ellos mismos decidan irse a huelga, para ver quiénes dirigirán el show. Y aunque parezca una advertencia, esta idea podría convertirse en un comunicado… para ganarnos el derecho de ser los primeros en advertirlo.
¡La confianza entra por casa!
Si un club, una federación o una liga no confía en el sistema, lo coherente sería retirarse del sistema. Pero si deciden permanecer, el primer cambio no es externo: es interno. En criterios, en respeto, en profesionalismo, en evitar especulaciones que solo alimentan la desconfianza, y tengan la seguridad que esa desconfianza aleja a los anunciantes, al público, al niño, al padre que desea ver un modelo en todo lo que cobija la estructura del espectáculo, donde también entran los árbitros, los delegados, los recoge pelotas, el del sonido, y hasta la hinchada, la cual también es cuestionada por sus actitudes. Incluso, se les reconoce en algunos sectores como la culpable de que la familia ya no se acerque a los estadios.
Porque si cada decisión arbitral, el cierre de carreras, el quitar indumentaria a los fanáticos previendo un mensaje desagradable en su vestimenta, o el conocimiento de trampas dentro de algún deporte va a generar un comunicado, este deporte se convertirá en un buzón de quejas, no en una competencia profesional. Y si cada institución va a publicar textos que no explican nada, el deporte venezolano seguirá atrapado en una ficción donde se especula mucho, pero se informa poco.
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¡El deporte no necesita más comunicados. Necesita comunicar mejor! (LAP)

