Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760

En la era de la hiperconectividad, el deporte ha sido arrastrado por una corriente que confunde el acto de publicar con el deber de comunicar. Así surge el Síndrome de Ósmosis Comunicacional, una patología institucional que asume que todo lo que se sube a redes sociales se absorbe automáticamente por atletas, entrenadores, fanáticos y comunidades, como si el algoritmo fuera un canal universal, democrático y omnipresente.

Este síndrome se manifiesta en frases como: “Eso salió en las redes”, “Ya lo subimos”, “Está en el perfil”. Pero ¿quién lo vio? ¿Quién lo entendió? ¿Quién lo compartió? ¿Quién lo necesitaba?

Las redes sociales, aunque poderosas, son espacios abiertamente cerrados. Si no te siguen, no te ven. Si no interactúan, no se enteran. Si no buscan, no encuentran. Si no estás en su algoritmo, no te llega nada. Y si cada persona vinculada al deporte se dedicara a revisar redes todo el día, simplemente no entrenaría, no competiría, no trabajaría.

Hoy es más fácil conseguir información, pero más difícil estar realmente informado. Incluso figuras como Messi o Cristiano, por estar en otra órbita mediática, aparecen en el algoritmo de millones… pero no de todo el mundo. ¿Qué queda entonces para los eventos locales, las convocatorias regionales, los cambios de reglamento, los llamados a inscripción o los comunicados urgentes?

¡Acá la culpa no es solo del ciego!

El problema no es solo tecnológico, sino estructural. En muchas organizaciones deportivas, la comunicación ha sido reducida a la estética del feed, a la velocidad del reel, a la ilusión del alcance. Se ha instalado la idea de que mientras se publique, se cumple. Y en ese espejismo, el área de prensa se diluye, se confunde con marketing, se convierte en un apéndice decorativo que responde más a métricas que a necesidades reales de información.

En algunos casos, esta confusión nace del desconocimiento. En otros, de la flojera laboral. Porque hacer un post es más rápido que redactar un comunicado – si es que saben redactar – , verificar su recepción, responder dudas, construir puentes. Porque subir una historia parece suficiente, aunque nadie la haya visto. Porque el algoritmo da la ilusión de impacto, aunque no garantice comprensión. Lo triste es que en muchos casos esta realidad se le transmite a quienes tienen la responsabilidad de contratar a talentos para el área comunicacional, y pareciera que el elixir de la ósmosis termina dominando la psiquis de quien entrega el garrote, porque más allá de que le den la razón a la realidad, lo errores se siguen cometiendo.

Publicar no es comunicar. Comunicar exige intención, seguimiento, contexto, contacto humano. Exige salir del algoritmo y volver al territorio: al club, al barrio, al gimnasio, a la cancha. Exige reconocer que la información no se absorbe por ósmosis: se construye, se comparte, se conversa.

Que el disco de acetato haya regresado, pero ahora en versión digital, es una clara demostración de el valor de los orígenes. El volanteo por el flyer, el perifoneo por el sound card, el grafiteo por la calcomanía, la TV por las IPTV, entre otros recursos, aun siguen vigentes, en muchos casos adaptados a la tecnología o nuevas tendencias. Esto quiere decir que la comunicación real, la que si llega, no ha muerto, y eso lo quieren hacer ver parte de una generación que al no saber distinguir moda con realidad laboral, enamoran a muchos con la supuesta regla de, «ya nadie ve televisión o nadie escucha radio», peor aun, «a la gente ya no le gusta leer». Una excusa tonta, que justifica la carencia de criterios para construir una verdadera comunicación, dicho de una forma más coloquial, son profesionales con título que no saben leer, escribir, mucho menos, conocer el verdadero sentido de la Comunicación Social, colocando lo ético por delante.

El deporte como el resto de las fuentes merecen una comunicación digna, directa y humana. Una que no se esconda detrás del “ya se publicó”, sino que se comprometa con el “ya se informó”. Porque si el mensaje no llega, no hay comunidad. Y sin comunidad, no hay deporte.

Un ejemplo que aún resuena

Existe una métrica de vieja data que señalaba que, en los años 90 y principios de siglo, medios impresos como El Informador y El Impulso en Lara lograban vender diariamente más de 60 mil ejemplares, y los domingos alcanzaban los 100 mil ejemplares entre ambos. Según expertos en mercadeo de la época, cada periódico era leído por al menos 10 personas, con un impacto informativo que podía extenderse por una semana. Es decir, el periódico dominical podía llegar a 1 millón de lectores, una cifra cercana a la dos tercios de la población guara en ese entonces.

A esto se sumaba un ecosistema comunicacional más articulado: no existía la pugna por construir marcas personales, y los medios radiales y televisivos utilizaban a la prensa escrita como referencia informativa, reconociendo su rol como eje de contexto, verificación y profundidad.

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Si bien este artículo aborda el fenómeno de manera generalizada, y muy enraizado en Venezuela, existen ejemplos que demuestran que no todo está perdido. Medios internacionales como Marca, BBCo Caracol, y organizaciones deportivas como los Cardenales de Lara, incluso, el Ministerio del Poder Popular para el Deporte de Venezuela, comprenden que las redes sociales son un boom dentro del contexto comunicacional global, pero no sustituyen la esencia del periodismo ni el valor de la comunicación social. Ellos saben que informar no es solo publicar, sino acercarse, escuchar, construir relato. Porque el verdadero impacto no ocurre en el feed, sino en el cuerpo a cuerpo, donde la palabra aún tiene calor, contexto y sentido.

Luis Alonzo Paz