
Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760
El llamado síndrome de la fulitis —un concepto editorial creado para describir una conducta cada vez más visible en la era hiperconectada— se ha convertido en una etiqueta útil para explicar un fenómeno social en expansión. No es un diagnóstico clínico, sino una metáfora contemporánea que resume una actitud muy reconocible: la respuesta automática “estoy full” como argumento para justificar silencios, demoras o ausencias.
Paradójicamente, esta sensación de saturación aparece en un tiempo donde la digitalización ha simplificado procesos que antes exigían desplazamientos, filas y esperas. La fulitis no nace del exceso de obligaciones, sino del exceso de estímulos: pantallas, notificaciones, redes sociales y una atención fragmentada que produce la ilusión de estar ocupados sin realmente estarlo.
Cuando el “estoy full” llega al deporte
En el ámbito deportivo, esta conducta comienza a hacerse notar. La falta de respuesta oportuna de algunos dirigentes, entrenadores o responsables institucionales se ha vuelto recurrente. Y es importante subrayarlo: no son todos. Existen profesionales comprometidos, responsables y presentes. Pero también hay un grupo creciente que ha adoptado el “estoy full” como escudo para justificar la inacción, la postergación de decisiones o la evasión de compromisos.
En un sector donde la planificación y la comunicación son esenciales, esta actitud genera retrasos, erosiona procesos y debilita la estructura organizativa.
La ironía de los datos
Estadísticas recientes sobre hábitos de productividad revelan un contraste que invita a la reflexión. Los grandes empresarios —personas que manejan múltiples responsabilidades reales, equipos de trabajo y agendas complejas— son precisamente quienes menos apelan al “estoy full”. Lejos de exhibir saturación corporal o dramatizar ocupación, suelen responder mensajes, agendar con precisión y administrar su tiempo con disciplina. La ironía es evidente: quienes más podrían justificar estar “full”, rara vez lo dicen.
Mientras tanto, en espacios donde la organización debería ser más simple, la fulitis se convierte en un refugio cómodo para justificar la ausencia, la demora o la falta de gestión.

