En treinta y seis años dentro del ecosistema profesional futbolístico de Venezuela, jamás habíamos asistido a un partido de la selección como un simples espectadores. Pero el pasado 14 de abril decidimos no solicitar acreditación de prensa. No por rebeldía, sino porque cubrir un partido en el Metropolitano de Cabudare se ha convertido en un procedimiento que carece de ergonomía total. Ir como público nos permitió ver lo que muchos viven y pocos cuentan. (LAP)

Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760

El dilema de cubrir un juego de la selección

Para la prensa, el dilema de ir a un juego de la Vinotinto comienza con la acreditación, esa que debería ser un trámite profesional, se ha convertido de un tiempo para acá en un mensaje velado: “El envío de la solicitud no garantiza la aprobación de la misma”. Una frase que, aunque protocolar, se siente como advertencia. En otros tiempos no existía. Hoy abre la puerta a la discrecionalidad, a la duda, a la sensación de que el oficio pesa menos que la simpatía del aprobador, incluso, y para nadie es un secreto, muchos profesionales han bajado el enfoque crítico hacia nuestro fútbol, por el «temor» de que su nombre sea borrado del mapa en algún juego de la selección.

Mientras tanto, existieron algunos procedimientos que marcaron parte en la etapa del «Manos Tengo FE», y fue esa desagradable experiencia vivida con los llamados influencers, – por solo nombrar un lunar dentro del cuerpo – quienes sin restricciones a espacios que al periodista se le niega, incluso con acreditación de medios, tuvieron la oportunidad de hacer cosas que ningún profesional con experiencia en el área o título universitario pudo hacer.

Esa asimetría fue uno de los motivos que nos llevó, por primera vez, a dejar de solicitar la credencial, y entender que si es más cómodo ir como público – hablamos del estadio Metropolitano de Cabudare -, pues hagamos el intento, más allá de no poder ir a una rueda de prensa o estar en una zona mixta, donde la mirada de quienes hoy tienen el control comunicacional, es muy similar a esos sabuesos de aeropuerto que andan tras la captura de quien se trague la luz.

La Campiña: donde comienza la película

Ya dejando a un lado el talante periodístico, nos adentramos en la ruta del aficionado, esa que se inicia inicia mucho antes del pitazo, esa que no te concede pases para vehículos – la mayoría de alta gama, esa que te permite estar a lado del pueblo, ese que en su mirada tiene el rostro de emoción porque va a entrar al olimpo sin importar la lluvia y los kilómetros que deba caminar.

Dejar el carro a siete kilómetros del estadio en un centro comercial habilitado por primera vez. Pagar un transporte improvisado que recorre 4 kilómetros. Llegar al sector La Campiña lugar donde comienzan los cordones de seguridad. Y allí, en plena autopista Barquisimeto–Acarigua, aparece la medida que desató el caos: la prohibición de ingresar con dos prendas de vestir.

Franela o chaqueta. Chaqueta o franela. ¡Bajo lluvia! Sin explicación. Sin sustento en ningún manual de Conmebol.

Y lo más grave: no es la primera vez que ocurre. En Maturín pasó exactamente lo mismo. Solo que allá nadie se atrevió a denunciarlo. En Lara sí. En Lara se viralizó. Y en un mundo donde lo viral manda, los protocolos de la riposta se activan de inmediato.

La frase comodín: “Eso es una orden de la Conmebol”

En Venezuela, existe una frase con un poder que no tiene en otros países. Y la razón es simple: la gran mayoría de profesionales y no profesionales de la comunicación, no tienen la cultura o las posibilidades de viajar cerca de la selección para saber como se mueve el cobre en otras naciones. No tenemos masa crítica en demasía que compare, que contraste, que diga “esto no es así afuera”. Y ahora, con la creciente distancia entre medios y selección —más barreras que vías libres, más privilegios que igualdad en la cobertura—, esa frase se ha convertido en ley divina.

En Argentina o Brasil, por citar un ejemplo, nadie se atrevería a justificar un abuso diciendo que “Conmebol lo ordenó”. Porque allá hay periodistas el hinchas que viajan, que cubren, que conocen los manuales, que saben qué es norma y qué es invento. Aquí, en cambio, la frase funciona porque se asume como verdad absoluta.

Así como señalamos que lo de la chaqueta y la franela es un despropósito, también debemos reconocer que los manuales de acceso suelen aumentar restricciones por razones de seguridad. Por ejemplo, asistir a un juego de la selección con la franela de un club —especialmente de la zona— puede generar conflictos entre hinchas. Y aunque en otras naciones eso es cultura general y parte del sentido común, en Lara, vimos a personas con remeras de equipos rivales, algo que fácilmente puede generar conatos de violencia, y allí la crítica sobre el ingreso o no con cierta indumentaria, cobra un rumbo diferente.

Pero una cosa es prevenir violencia. Otra es inventar normas que no existen. Y otra, peor aún, es justificarlo todo con la frase comodín: “Eso es una orden de la Conmebol”.

El país reactivo

Lo ocurrido en Cabudare no es un accidente. Es un síntoma. Algunas naciones son expertas en reaccionar tarde. Esperamos que el problema explote para reconocerlo. Esperamos que la gente proteste para admitir el error. Esperamos que la crítica se haga viral para emitir un comunicado.

Y eso fue exactamente lo que pasó.

Al día siguiente de la viralización de las protestas por obligar a la gente a quitarse una prenda de vestir, la FVF publicó un comunicado. Un texto que intenta calmar, pero no explica. Que condena la “retención indebida”, pero reconoce entre líneas que la medida fue errada. Que lamenta lo ocurrido, pero asume una responsabilidad tibia. Que menciona la bolsa negra donde estaba la ropa, pero no menciona que la decisión nunca debió existir.

En semiótica, lo que no se dice pesa más que lo que se dice. Y el comunicado deja claro que la Federación prefiere administrar daños antes que prevenirlos.

¿Y saben que estábamos esperando?, más que una condena, que se le dijera a la gente que ESA NORMA O REGLA NO EXISTE.

El abuso en la interpretación

Quienes hemos viajado con selecciones desde la sub-15 hasta la absoluta, quienes hemos cubierto eliminatorias – diez hasta el momento – , Copas América -seis- y Sudamericanos juveniles -catorce-, sabemos que las normas de Conmebol existen. Pero también sabemos que en Venezuela se exageran, se reinterpretan, se distorsionan.

Recordamos un episodio en el Preolímpico de fútbol de 2024, donde quisimos sentarnos al lado de un colega para trabajar de la mano, y un «patitas blanca» nos argumentó, que eso «estaba prohibido por Conmebol», más allá de que habían 85 sillas desocupadas de un total de 90. Desde ese momento comprendimos que no hace falta estudiar para aplicar el sentido común, desde ese día entendimos que la supuesta Conmebol y sus reglas, – según algunos criterios -, es como el «ahí viene el lobo» del la fábula El Pastorcito Mentiroso, en algunos casos es usaba para sopesar caprichos.

Lo que afuera es protocolo, aquí se convierte en obstáculo. Lo que afuera es criterio, aquí se vuelve abuso.

Y basta preguntarse si en paises donde el fútbol es una religión, los llamados influencers tienen más privilegios que los periodistas, para entender que el problema no es la norma, sino su interpretación.

El Metropolitano y la necesidad de un manual real

El estadio Metropolitano cumplirá veinte años en 2027. Aplaudimos que la FVF lo use como centro de preparación. Mantenerlo es costoso para un estado que apenas recuperó el fútbol profesional hace un año con el Barquisimeto SC y este año se duplicó con la salida del Deportivo Lara. Pero la logística de un partido de selección no puede depender de interpretaciones libres ni de criterios cambiantes.

Las fuerzas vivas del estado Lara cumplen con lo que se les pide. El problema es qué se les pide. Y por eso urge un manual claro, público, verificable. Un manual que evite que cada operativo sea un experimento y cada partido una ruleta. Y acá debemos dejar algo muy claro; el tema de las chaquetas y las franelas, era de exclusiva decisión de la seguridad privada conjuntamente con los organizadores del evento.

Un cierre necesario y sin condenas

Esperamos que esta nota no se convierta en una vara inquisidora como suele suceder cuando los criterios no se amolda al sistema. Un sistema al que pertenecemos desde hace treinta y siete años, casi la edad de algunos quienes hoy tienen las llaves de este deporte.

Aplaudimos a la FVF por condenar lo que debió prevenir. Y celebramos que se abra el debate sobre los manuales de Conmebol, pero de verdad, con criterios y con propósito. Porque si algo hemos aprendido viajando, cubriendo y viviendo el fútbol continental, es que el “los malos criterios en la interpretación de las normas” ocurre por lo general en Venezuela.

Y si queremos que el fútbol crezca, debemos comenzar por lo más básico: entender que el aficionado no es enemigo, que el periodista no es estorbo y que el sentido común no puede seguir siendo un lujo.