
Durante casi una década —entre 2013 y 2022— Venezuela vivió un período atípico en su historia deportiva reciente. Los grandes eventos polideportivos, tradicionalmente espacios de encuentro, identidad y medición del desarrollo atlético nacional, quedaron en pausa. Los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles, los Juegos Intergremiales e incluso los Juniveu (Juegos Universitarios) se vieron afectados por un contexto socio–político que permeó todas las estructuras del país, incluido el deporte.
Con la llegada de 2022, y tras el impacto global de la pandemia, el país inició un proceso de reactivación que devolvió a la agenda pública la organización de los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles. Lo que comenzó como un laboratorio —inevitable después de tantos años sin reunir a miles de atletas juveniles en un mismo momento y contexto — terminó convirtiéndose en el renacer de la máxima cita del deporte venezolano, nuestras propias mini olimpiadas.
Aquel regreso, aunque marcado por la inexperiencia acumulada y por una generación de atletas, entrenadores y dirigentes que nunca habían vivido un evento de esa magnitud, permitió recuperar el pulso. Dos años más tarde, en 2024, la cita se concentró en la región oriental, devolviendo a los Juegos su esencia natural: un evento que no solo mide rendimiento, sino que reúne a la comunidad deportiva en un mismo espacio geográfico, tal como ocurre en el ciclo olímpico internacional.
Ese aprendizaje abrió paso a un nuevo compromiso: mantener la periodicidad bienal establecida en la carta fundamental de los Juegos. Para 2026, el reto del Ministerio del Deporte y del Instituto Nacional del Deporte es mayor: consolidar la cita nacional en la Gran Caracas, una región con infraestructura avanzada y con el apoyo territorial de Miranda y La Guaira, que en conjunto conforman un corredor deportivo y urbano de escala cosmopolita.
La familia se agranda
Hasta ese punto, la historia luce coherente y prometedora. Sin embargo, el 2025 introdujo un nuevo elemento en el tablero: el retorno simultáneo de los Juegos Estudiantiles y los Juegos Comunales. Aunque no compiten en edades con los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles, sí comparten un mismo ecosistema operativo. Y ese ecosistema —más allá de lo económico, que ya es un desafío considerable— evidencia las limitaciones logísticas de un país que pasó casi diez años sin organizar eventos masivos de manera sostenida.
¡Los retos que retan!
La reciente decisión del IND de mover los clasificatorios de los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles de marzo a mayo es una señal prudente. Responde a la preocupación de los institutos regionales por la disponibilidad de recursos y por la complejidad operativa que implica atender varios eventos en paralelo. Y aunque los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles están anunciados para junio, no sería descabellado pensar en ajustes futuros, siempre dentro del terreno de la hipótesis, mientras se evalúan las capacidades reales de cada región.
El punto neurálgico es que la máxima cita polideportiva del país podrían ser apenas la punta del iceberg. Aunque las direcciones encargadas de los Juegos Estudiantiles, Comunales y Juveniles son distintas dentro de Mindeporte e IND, la realidad es que cada estado trabaja con equipos operativos limitados, que en muchos casos deben multiplicarse para cumplir con todas las metas del calendario.
A esto se suma un 2026 particularmente exigente en el plano internacional. El nuevo modelo de competencias juveniles ya está consolidado en el ciclo olímpico, comenzando por los Juegos Olímpicos de la Juventud Dakar 2026 (31 de octubre al 13 de noviembre). Y antes de esa cita, Venezuela y la región enfrentarán un calendario intenso: Juegos Suramericanos de la Juventud en Panamá (abril), Juegos Centroamericanos y del Caribe en Santo Domingo (julio), Juegos Suramericanos en Argentina (septiembre), además, los Juegos Bolivarianos de la Juventud en Caracas (diciembre).
Si sumamos los Juegos Estudiantiles, Comunales, Juveniles y Universitarios —estos últimos anunciados para agosto con 21 disciplinas— el panorama es claro: el trabajo operativo de Mindeporte e IND es de pronóstico reservado. No por incapacidad, sino por la magnitud del reto y por la velocidad con la que avanza el calendario, que ya se acerca al cierre de su primer trimestre del año.

«Un bonito problema»
Como suelen decir los grandes técnicos del deporte, esto es “un bonito problema”: el tipo de dilema que surge cuando hay abundancia de talento y opciones, y el reto no es la carencia, sino la elección. Si decidimos mirar el vaso medio lleno, lo más revelador de este momento no es la complejidad operativa, sino el hecho de que —tras tiempo de mucho silencio— Venezuela vuelve a tener eventos que se cruzan, que se superponen, que se multiplican. Y eso, en sí mismo, es una buena noticia. Porque el verdadero síntoma de salud deportiva no es la ausencia de conflictos logísticos, sino la presencia de actividad, de movimiento, de vida. Hoy hay tanto por hacer, que el problema no es la falta, sino el rumbo.
La realidad es que tenemos un desafío que habla de un país que volvió a competir, a organizar y a proyectarse. Pero también un recordatorio de que la planificación debe caminar al ritmo de la realidad. Porque en un año donde todo apunta a que se cumplirán las metas, la clave estará en evitar los imponderables que surgen cuando el tablero se mueve más rápido que la estrategia.

TRD Sport | Luis Alonzo Paz CNP 10.760
