
Por: Luis Alonzo Paz
Si aspiramos a una sociedad distinta, el cambio debe comenzar por el rigor de nuestro discurso. No podemos pretender construir ciudadanía mientras permitimos que el antiheroísmo se convierta en nuestra bandera y el lenguaje de la sombra en nuestro uniforme. El deporte debe ser el refugio de la civilidad, no el escenario donde la excelencia claudica ante la ignorancia. (LAP)
La final del béisbol profesional venezolano, nuestro máximo ritual de identidad, ha dejado una imagen para el análisis sociológico más que deportivo: atletas de alto rendimiento exhibiendo con orgullo prendas con términos como «Somos El Hampa» o celebrando bajo el eslogan de «Las Lacras». Aunque estas expresiones surgieron en la intimidad de un festejo y las franelas no formen parte del catálogo oficial de los equipos, el hecho de que el pelotero decida portarlas ante las cámaras de televisión marca un hito en la decadencia de nuestros referentes públicos.
No es un error de logística, es una decisión estética y moral. Es el abrazo definitivo al antiheroísmo como forma de validación social.
El Antiheroe y la Sed de «Calle»
En la psicología del deporte, el atleta suele ser el arquetipo del héroe: aquel que a través de la disciplina y el respeto a las reglas alcanza la gloria. Sin embargo, lo vivido en la final Magallanes – Caribes, apunta a un fenómeno inverso. El pelotero, ya consolidado y con éxito económico, siente la necesidad de retornar simbólicamente a la «marginalidad» para demostrar que tiene «calle», que es «duro», que es —en su propia jerga— «hampa» o «lacra».
Este culto al antihéroe es peligroso. Como señalaba el psicólogo social Albert Bandura en su teoría del Aprendizaje por Observación, el comportamiento de los modelos de éxito es replicado por la base de la pirámide social. Si el ídolo deportivo usa su plataforma para glorificar la terminología delictiva, está enviando un mensaje codificado a la infancia: para ser respetado, no basta con ser un buen bateador; hay que mimetizarse con el lenguaje del crimen.
La Semiótica de la Decadencia
Explicar el significado de «lacra» o «hampa» es llover sobre mojado, pero lo que asombra es la normalización del antivalor. Hemos pasado de las «reglas no escritas» —esas que justifican vaciar las bancas y convertir el campo en un ring de boxeo bajo la excusa del espectáculo— a una puesta en escena donde el «perreómetro» dicta la pauta.
Al mostrarse estos videos en redes sociales y luego aparecer las franelas (posiblemente de manufactura privada de los mismos jugadores), el daño ya está hecho. El anonimato de la celebración interna se rompe y se convierte en una declaración pública de principios. No importa si la organización no lo aprobó; si los jugadores o cuerpo técnico se identifican como «hampa», para el niño que lo mira, el hampa es el éxito.
El Espejismo del «Malandreo» como Moda
Venezuela ha sido bombardeada durante décadas con una retórica guerrerista: guerra, combate, vencer, lucha. Esta jerga ha permeado tanto que el ciudadano ya no distingue entre la competencia deportiva y la confrontación bélica o delictiva. El sociólogo Zygmunt Bauman hablaba de la «modernidad líquida» donde los valores se diluyen en favor de lo inmediato y lo impactante. En este caso, el «impacto» de ser un «malandro» en el campo vende más que la sobriedad del caballero deportista.
Es un proceso de sociabilización deportiva fallido. El deporte debería ser la herramienta para sacar al joven del entorno de «la lacra» y «el hampa», no el escenario donde el profesional exitoso regrese voluntariamente a esos términos para sentirse «auténtico».
¿Héroes o Transgresores?
Si el béisbol venezolano permite que su narrativa sea secuestrada por la estética delictiva para intentar agradar a través de una malentendida «identidad de barrio», estamos ante una derrota cultural de proporciones mayores.
El llamado de atención debe ser tajante para los jugadores: el uniforme que visten tiene un peso histórico (especialmente en instituciones centenarias como el Magallanes). Usar esa vitrina para exaltar antivalores bajo la excusa de una broma interna es despreciar su rol como formadores de conducta. Si el éxito deportivo tiene que pasar por el filtro de la criminalidad para ser «cool», quizá sea momento de bajar la santamaría y preguntarnos en qué momento confundimos la pasión deportiva con la apología a nuestra propia destrucción social.
Del análisis técnico al «perreómetro»
Lo más alarmante de esta metamorfosis no es solo la actitud del pelotero, sino la complacencia de algunos que narran y analizan el juego. Hemos pasado de la descripción técnica de un swing o el análisis de la rotación de un pitcheo, a una suerte de exégesis del gesto marginal. Hoy, gran parte de narradores y periodistas deportivos parecen haber sustituido los libros de reglas por un «perreómetro» imaginario, dedicando minutos valiosos de transmisión a debatir si un gesto es o no un «perreo», si es una provocación válida o si forma parte de la «nueva identidad» de la liga.
Al intentar «normalizar» o incluso celebrar estas actitudes bajo el pretexto de que «le dan sabor al juego», o peor aun, «son las reglas no escritas», la prensa deportiva ha fallado en su rol de filtro crítico, y que conste, no dudamos que si se hacen críticas sobre los hechos, pero cuando detrás de la supuesta crítica hay una normalización impregnada en el análisis, esa intencionalidad moral, muchas veces se pierde.
Cuando el comunicador se convierte en un exégeta de la conducta de «lacra» o «hampa», deja de informar para empezar a validar. Esta claudicación profesional es el catalizador perfecto para que el antivalor se instale: si el especialista no condena la transgresión, sino que la analiza como una estadística más de la sabermetría moderna, el público asume que el camino hacia la relevancia deportiva pasa, inevitablemente, por la imitación de la conducta delictiva.
Una metástasis en el deporte
Esta problemática no ocurre solo en el béisbol. Estamos ante una semiótica del guerrerismo que ha abordado diversas disciplinas. Las barras en el fútbol han adoptado nombres de choque, pelea y adicción, entre otros términos. Ni hablar de las constantes peleas entre técnicos y jugadores en contra de los árbitros. El «malandreo» en el baloncesto se ha vuelto denotativo de una supuesta rudeza necesaria, e incluso, el aplaudir los conatos de violencia en el boxeo cuando se presentan dos pugilistas durante el pesaje es ya parte de esa degradación aceptada.
El lenguaje no es un accesorio; es el mapa con el que nuestros niños aprenden a navegar el mundo. Si el éxito deportivo tiene que pasar por el filtro de la criminalidad para ser «cool», es momento de detener el juego y encender las luces de la razón. Recuperar la altura de nuestro lenguaje es el primer paso para recuperar la dignidad de nuestro futuro, especialmente en el deporte.

