
Este martes, la selección nacional de Venezuela enfrenta uno de los partidos más determinantes de su historia reciente. El duelo ante Colombia no solo representa la posibilidad de acceder al repechaje rumbo al Mundial, sino también la oportunidad de cerrar un ciclo que nunca logró convertirse en proyecto.
Durante 17 fechas, el equipo dirigido por Fernando “Bocha” Batista ha transitado sin una identidad clara. Venezuela no juega a nada. Y aunque el formato de las eliminatorias permite que selecciones como Bolivia y Venezuela disputen un medio cupo, el mérito deportivo ha sido escaso. Lo que ha sostenido a la Vinotinto ha sido el carácter de sus jugadores, su compromiso con la tierra que representan, y la capacidad de interpretar con coraje lo que el cuerpo técnico no ha sabido comunicar.
El respeto que se ha ganado la selección en casa no puede atribuirse a una estrategia bien ejecutada, sino al entendimiento profundo de lo que significa vestir la camiseta nacional. Los jugadores han respondido con entrega, con alma, con determinación. Y eso, aunque admirable, no puede seguir siendo la única herramienta de competencia.

¿Se creyó en un proyecto inexistente?
La Federación Venezolana de Fútbol ha demostrado institucionalidad al sostener el proceso hasta el final. En un país donde los proyectos suelen naufragar antes de consolidarse, esa decisión merece reconocimiento y aplausos. Sin embargo, el repechaje es otra historia. Se jugará fuera de casa, donde Batista ha mostrado su peor versión. Por ello, la FVF debería tener ya en sus manos una carpeta de posibles sustitutos. Porque si Venezuela logra avanzar, será por los jugadores. Y si no lo hace, será por el técnico.
No se trata de sembrar dudas ni de propagar pesimismo. Se trata de exigir respeto. El mismo respeto que el técnico ha negado a la prensa nacional, al priorizar medios argentinos por encima de los comunicadores del país que lo contrató. En momentos como este, el vínculo con la nación debe ser total.

El Bendito ¡Como sea!
La clasificación al repechaje parece depender más de los resultados de terceros que del fútbol propio. Y no por falta de talento, sino por la ausencia de una idea. Por eso, el venezolano ha aprendido a depender de la fe. De un gol inesperado, de una caída ajena, de una lluvia providencial. Porque cuando no hay estructura, la esperanza se convierte en estrategia.
Ojalá este martes se logre extender el camino. No para prolongar el sufrimiento, sino para abrir la puerta a una nueva etapa. Venezuela cuenta con una generación de jugadores que merece más que improvisación. Merece un técnico que sepa leer el fútbol nacional, que entienda el alma de su gente, y que convierta el humo en historia.
Las cartas están echadas. Y si hay algo claro, es que el país está con su selección. Porque más allá del resultado, Venezuela merece respeto. Y ese respeto comienza por reconocer que el fútbol no se improvisa, se construye.
Este martes, a las 7:30 de la noche, el estadio Monumental de Maturín será el epicentro de la emoción nacional. Venezuela se paraliza. Las calles se vacían, los televisores se encienden, y el corazón de millones comienza a latir al máximo durante 90 minutos que pueden marcar un antes y un después en la historia del fútbol vinotinto. No es solo un partido: es una cita con el destino, una oportunidad para demostrar que el coraje de esta generación merece seguir soñando.
La FVF y las piezas del ajedrez
No se pueden alargar los procesos que nunca existieron. Ojalá la Federación Venezolana de Fútbol entienda que el destino ya habló, y lo hizo con claridad. Estas han sido unas de las eliminatorias más pobres en identidad futbolística para Venezuela – hablamos por lo visto en la cancha – , y no deben compararse con los peores momentos clasificatorios, sino con los que nos hicieron soñar. Hoy, la FVF debe respaldar con firmeza al Bocha Batista en este último intento, como lo hará el país, aferrado a la irreverencia de Páez y al cuchillo entre los dientes de Farías. Pero si se logra el pase al repechaje, mantener al actual cuerpo técnico sería jugar con una ruleta rusa. En una nación que, aunque beisbolizada, aún conserva el sentido común suficiente para entender que este llamado “proceso” no tiene cimientos, ni rumbo, ni futuro.

Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760
