
Por: Luis Alonzo Paz | CNP 10.760
El fútbol, en su esencia más profunda, es un juego de memorias y presencias. Mientras la Federación Venezolana de Fútbol (FVF) intenta blindar el futuro con un proyecto de selecciones a diez años bajo el mando de Oswaldo Vizcarrondo y su grupo de trabajo extranjero, el presente nos lanza un mensaje contundente desde las fronteras: los dos portaaviones más grandes de nuestra historia futbolística han vuelto al agua. Richard Páez, en el Cúcuta Deportivo, y César Farías, en el Barcelona de Ecuador, han retomado sus puestos de mando en un momento donde la planificación de nuestro fútbol parece más un refugio para la incertidumbre que una ruta clara hacia el futuro.
La vigencia
Richard Páez, el médico que recetó «irreverencia» a un país enfermo de derrotismo, es mucho más que un estratega. Su «Boom Vinotinto» fue una transformación estética y moral. Páez nos enseñó que el fútbol debe ser dirigido por gente de fútbol, y su discurso de «cómo estructurar un equipo ganador» hoy resuena con más fuerza, -indiferentemente de los resultados que obtenga en la frontera-, recordándonos que el éxito no es una utopía, sino una construcción de identidad que él mismo sembró en el alma del fanático.
Por otro lado, César Farías encarnó el pragmatismo del «cuchillo entre los dientes». Si Richard nos dio la lírica, César nos dio la épica de lo posible. Nos demostró que el barro y el sudor valen tanto como el talento si el objetivo es ganar. Farías, quien dejó a Venezuela en un sexto lugar en 2014 —un puesto que hoy, bajo el nuevo orden de la Conmebol, nos daría el pasaje directo al cielo mundialista—, regresa a Sudamérica para recordarnos que la madurez no se compra en un seminario de diez años.
Páez y Farías no son solo directores técnicos; son estructuras de alto impacto que sostuvieron el orgullo de una nación cuando ganar era una utopía. Su presencia cerca de Venezuela genera una connotación inevitable: ambos eran los candidatos del sentimiento popular y la prensa especializada, pero no deja de ser una realidad que son figuras incómodas para un sector organizacional de nuestro fútbol.
Una deuda histórica que exige diálogo
La presencia de estos venezolanos como conductores activos en plazas tan relevantes abre una posibilidad que la FVF no debería desestimar: es el momento de invitarles a conversar y reconocerles su trayectoria. No se trata solo de Juan Arango, con quien la institucionalidad aún mantiene una deuda pendiente; Richard y César pertenecen a esa generación que cimentó las bases de lo que hoy somos. Intentar borrar sus nombres de la narrativa del venezolano es un esfuerzo estéril; en los sectores donde se respira fútbol, se sabe que su legado es imborrable.
El reciente gesto de hermandad entre ambos en las redes sociales es una lección de filosofía deportiva. En un ecosistema que a menudo se nutre de la división, estos dos portaaviones han decidido navegar en la misma dirección, reavivando el sueño de un fútbol verdaderamente unido. Sus regresos nos invitas a mirar hacia la frontera o a la altura meridional, no solo para ver jugadores, sino para reencontrarnos con los estrategas que nos hicieron creer que «sí se puede», sin necesidad de convertir la esperanza – como fe – en un eslogan de marketing.
Ellos vuelven para demostrar que en Venezuela el talento sobra y que la jerarquía no se jubila. Regresan para ser el puente de nuestros atletas hacia el mundo y para recordarles a los dirigentes que la experiencia acumulada en mil batallas es un recurso que un país con hambre de gloria no debería desperdiciar. Bienvenidos de nuevo al sistema; porque el talento, como la verdad, siempre encuentra su camino de regreso.


¡Que comience la fiesta!
Mientras un sector de pensamiento sereno y nacionalismo inquebrantable apuesta por el éxito de estos dos estrategas, es inevitable que una legión de detractores —algunos de ellos tarifados— aguarde en las sombras el tropiezo de los estrategas. Sin embargo, en el gran teatro del fútbol, el solo hecho de que estos VENEZOLANOS hayan sido llamados de nuevo para resolver entuertos o desafiar a las grandes ligas, constituye en sí mismo un espaldarazo a la historia y una bofetada a las vibras marchitas del presente.
El tiempo, ese juez silencioso y termómetro implacable de la verdad, se encargará de devolver cada cosa a su sitial. No es un delirio pensar que, muy pronto, la atención del alma futbolística se desplace con más fuerza hacia el fragor de la frontera o el cielo ecuatoriano, que hacia el eco de las propias tribunas venezolanas, muchas veces vacías, como el propio sentir de este deporte en gran parte de quienes viven en la nación.

