Existe un viejo adagio en el periodismo que sentencia que noticia no es que un perro muerda al hombre, sino que un hombre muerda al perro. Para el Deportivo Lara, en este ciclo que inaugura el 2026, la normalidad —ganar, golear y ascender— ha dejado de ser noticia para convertirse en una condena existencial. Tras años de un exilio forzado por sombras administrativas y presidencias que terminaron en los pasillos de la justicia y el descrédito, el equipo rojinegro vuelve al ruedo. Pero no regresa de cualquier forma; lo hace con la soga de la obligación al cuello, bajo la premisa de que para ellos el éxito es el único aire respirable.

Esta nueva estructura, encabezada por José Antonio Quintero, parece haber entendido —quizás por la fuerza de los hechos— que la moral deportiva no permite atajos. Tras el fallido intento de 2025 de saltar directamente al Olimpo de la Primera División sin pasar por el purgatorio de la categoría de plata —un discurso que chocó con la pared de la realidad cuando los dueños de los otros clubes le recordaron que no se vistiera porque no iba—, el equipo ha aceptado su destino académico. Han comprendido, en términos de maduración institucional, que para llegar a la universidad hay que transitar primero el bachillerato.

Sin embargo, este retorno es un ejercicio de equilibrismo ético. El equipo ha solventado a medias las heridas del pasado, dejando algunos compromisos administrativos y morales en el camino, mientras coloca una alfombra roja para presentar un proyecto que no admite grises. La contratación de José María Morr y una plantilla que exhala aroma de primera categoría pone al Lara en una posición dicotómica: son los favoritos, pero también los rehenes de su propia retórica. Para ellos, ganar es una rutina y perder es un cataclismo. Como decía Maquiavelo, «pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos», y el Lara aparenta —y debe ser— un gigante en una tierra de plata.

«La Masía» Guara mira de reojo

En la otra acera, el ecosistema futbolístico de la región ha mutado de forma irreversible. La coexistencia con el Barquisimeto SC no debe leerse como una rivalidad tóxica, sino como el espejo de una evolución necesaria. El propio Morr ha reconocido con hidalguía que el equipo «Barquisimetano» posee una ventaja estructural: una década de formación bajo el sello de Academia Rey. Es la lucha arquetípica entre la jerarquía del nombre y la lozanía del proceso. Si el Deportivo Lara representa la aristocracia que busca recuperar su corona a base de experiencia y peso específico, el Barquisimeto SC es la meritocracia de la juventud, un proyecto donde el ascenso se ve como una meta, pero no como una sentencia de muerte en caso de no ocurrir.

Esta dinámica nos recuerda a la eterna comparativa entre el Real Madrid y el Barcelona, dicho de otra manera entre la Realeza y La Masía. En el Lara, el resultado es el dictador; en el Barquisimeto SC, el estilo y la formación son los arquitectos. Uno está obligado a enamorar a una hinchada escéptica que no perdonará un traspié; el otro, a seguir escribiendo una historia que aún huele a tinta fresca y que ya ha dado sorpresas por su fútbol agradable y pragmático. Como bien sentenció Jean-Paul Sartre, «en el fútbol todo se complica por la presencia del equipo contrario», y ese contrario hoy pudiera tener estructuras de base más sólidas que el propio gigante que despierta.

«Sin fanatismo hay paraíso»

En última instancia, el fútbol larense se prepara para vivir una experiencia similar a la de las grandes ligas europeas, donde la coexistencia de dos modelos enriquecerá la plaza. Pero la advertencia queda en el aire: cada quien es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice. El Deportivo Lara ha dicho, con sus nombres y su puesta en escena en el centro comercial de la ciudad, que la segunda división le queda pequeña. Si no logran el ascenso, no habrá retórica filosófica que los salve del juicio de la historia. La mesa está servida y el presente exige resultados, porque en el fútbol moderno los nombres ya no ganan partidos por sí solos; los ganan los procesos, la honestidad administrativa y, sobre todo, la capacidad de transformar la presión de la historia en la gloria del mañana.

TRD Sport | Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760