
En el fútbol, como en la vida, las palabras no son meros sonidos: son semillas que germinan en la conciencia colectiva. La Federación Venezolana de Fútbol, recientemente publicó un aviso que refleja la búsqueda de un Coordinador de Comunicaciones Institucionales, dejando claro que entre sus funciones está la de «Liderar la gestión de Comunicaciones Internas de la FVF».
Al parecer el ente rector del balompié nacional reconoce que el éxito de una organización no se mide únicamente en victorias deportivas, sino en la capacidad de ordenar su discurso interno antes de proyectarlo hacia afuera. Sin embargo, este gesto administrativo se cruza con las declaraciones de su presidente, Jorge Giménez, quien en un programa radial aseguró que si en 2030 los diez países de Conmebol participan en el Mundial como invitados, “no sirve de nada traer a un DT extranjero”.
Más allá de la literalidad, lo que se desprende es un metamensaje: la comunicación no solo informa, también construye realidades. Y cuando el mensaje carece de cuidado, puede convertirse en un despropósito. La filosofía nos recuerda que “cada quien es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice”. Giménez, joven dirigente, se convirtió en prisionero de sus propias palabras, porque en un país aún dolido por no alcanzar siquiera el repechaje, cualquier afirmación que minimice el valor de un proyecto técnico -haciendo creer que lo criollo se menciona como opción, no como convicción- se lee como un golpe a la esperanza.
Jugar con la Memoria
El fútbol venezolano tiene memoria. Richard Páez y César Farías, con menos recursos y estructuras, lograron que la Vinotinto jugara fútbol (léase bien, jugar fútbol), que se sintiera competitiva, que se soñara con pertenecer. Ellos no tuvieron la suerte de que hablar de formatos con más cupos ni de invitaciones -como pudiera ser en el 2030-, sino de convicciones, no pusieron la fe por encima de las realidades, tampoco tuvieron que buscar comunicadores inexpertos en la materia (influencers), porque todo lo que rodeaba a la selección era puro fútbol. Hoy, en cambio, el discurso parece reducirse a la idea de “cumplir con asistir”, como si la presencia fuera suficiente y el juego quedara relegado.
La filosofía de la comunicación nos enseña que el lenguaje no es inocente: es acción, es poder, es construcción de sentido. Cuando el presidente de una federación habla, no lo hace solo como individuo, sino como voz de una institución que representa a miles de jugadores, técnicos y aficionados. Por eso, la pregunta no es únicamente si Giménez se dejaría asesorar, sino si entiende que cada palabra es un acto político y cultural que moldea la percepción de un país entero.
¡Cuidado con los invitados!
En un mundo donde la comunicación está distorsionada por influencers y opinadores, muchos de ellos legitimados por el propio sistema federativo, el riesgo es que el mensaje oficial se diluya en el espectáculo y pierda su esencia. Recordemos aquella rueda de prensa interrumpida por un Argentino -influencers- quién preguntó al Bocha Batista «si había comido arepa»: un gesto trivial que simbolizó la banalización del entorno comunicacional. Desde ese momento quedó claro que sin respeto por la palabra y por los profesionales en la comunicación, el camino al Mundial sería más difícil que cualquier eliminatoria. ¡El tiempo dio la razón!
El reto, entonces, no es solo deportivo. Es filosófico y cultural: ¿qué queremos que signifique la Vinotinto? ¿Un equipo que asiste porque el formato lo permite, o una selección que juega porque cree en sí misma? La diferencia está en el discurso, en la comunicación interna que fortalece la identidad, y en la externa que proyecta respeto y credibilidad.
Las organizaciones deportivas deben comprender que el modelo comunicacional debe ser el saber entender que su misión no es solo redactar boletines o publicar en redes, sino construir un lenguaje que devuelva dignidad. Porque al final, como decía Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Y si el lenguaje, en esta caso, de la FVF se reduce a frases desafortunadas o incómodas, el mundo de la Vinotinto seguirá siendo pequeño.
La historia no debe verse como un problema
Respetar la historia es aceptar que no se borra con decretos ni frases improvisadas. Lo que se ha construido con sacrificio y memoria permanece como huella, y pretender ignorarlo es como querer borrar la identidad de un pueblo con un plumazo. Respetar a quienes han hecho de la comunicación no solo un oficio, sino una forma de vida, es reconocer que la palabra es destino. Deben tener cuidado porque cada declaración, como en los procesos judiciales, es fácil creer que “todo lo que diga será utilizado en su contra”.
En el fútbol, la comunicación no es un accesorio, es la arquitectura invisible que sostiene la credibilidad de una institución. Una federación puede tener recursos, técnicos y jugadores, pero si su discurso es errático, la confianza se derrumba. En Venezuela, donde los deportes de masa no se miden con la misma vara, la FVF se ha convertido en un escenario apetecible para voces de otras disciplinas quienes buscan drenar lo que no pueden expresar en sus propios hábitats. Y allí radica la responsabilidad de Jorge Giménez: comprender que abrir las puertas de la federación no solo implica administrar un deporte, sino custodiar un lenguaje que construye identidad y respeto.
Recordemos que el lenguaje no es inocente: es acción, es poder, es memoria. Si se usa con ligereza, erosiona; si se usa con respeto, edifica. Por eso, el reto de la FVF no es únicamente clasificar a un Mundial, sino aprender que en la comunicación también se juega la credibilidad de un proyecto. Sin respeto a la historia, sin cuidado por quienes han hecho de la palabra su vida, cualquier intento de futuro será apenas un eco vacío en un estadio sin memoria.
Comunicación con Propósito
A veces la palabra no busca convencer, sino abrir un espacio de conciencia compartida. Entre quien escribe y quien recibe el mensaje. Como advertía Paul Watzlawick, “es imposible no comunicar”. Incluso el silencio habla, incluso la omisión pesa.
Si este ejercicio logra sembrar una idea que fortalezca los entornos, habrá cumplido su propósito como aporte. Pero si se ignora, quedará como recordatorio de que en el fútbol, como en la vida, la palabra es semilla: puede florecer en el futuro o marchitarse en el desencanto. La elección, como siempre, está en quienes escuchan y en quienes deciden qué hacer con lo que se dice.

Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760
