Después de 36 años caminando junto al deporte venezolano, he aprendido que las victorias no solo se celebran: también se piensan. He visto generaciones completas levantarse y caer, he visto talentos brillar y apagarse, y he visto cómo la grandeza verdadera nunca nace del ruido, sino del carácter. Por eso creo, con la humildad que da el tiempo, que este país necesita menos gritos y más ejemplos; menos confrontación y más propósito. El deporte siempre ha sido un espejo, y hoy más que nunca nos invita a mirarnos con honestidad. Si algo me enseñan estas décadas de oficio es que la gloria no se sostiene con impulsos, sino con valores. Y ojalá entendamos, de una vez por todas, que la madurez de un campeón no se mide por lo que gana, sino por cómo se comporta cuando ya lo ha ganado. (LAP)

Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760

Hace poco circuló un video del conferencista Yokoi Kenji en el que afirmaba que los japoneses “ya no pelean, porque ya pelearon”. La frase, más allá de su simpleza, encierra una verdad incómoda: hay sociedades que han entendido que la confrontación permanente no construye nada. Y al ver la actuación de Japón en el Clásico Mundial de Béisbol —y en tantas otras disciplinas— uno no puede evitar preguntarse por qué su comportamiento causa tanta admiración, cuando debería ser el estándar natural del ser humano.

Mientras tanto, en Venezuela celebramos con legítimo orgullo lo logrado por nuestra selección. Era un triunfo esperado desde hace décadas, una deuda histórica que por fin se saldó. Pero, como suele ocurrir, la euforia inicial da paso a un oleaje que revela lo que la espuma oculta: actitudes, resentimientos y viejos vicios que nada aportan a la construcción de un sentimiento colectivo sano.

Uno de los primeros síntomas que emergió tras el título fue la soberbia de ciertos sectores vinculados al béisbol. No hablo solo de atletas o dirigentes, sino de quienes llevan más de veinte años viviendo de la frustración acumulada. Aquellos que, ante el nacimiento y crecimiento del “boom vinotinto” logrado por el fútbol, salieron a la calle con rabia contenida, como si el éxito del béisbol fuera una revancha personal o colectiva.

Algunos incluso plantean que la selección nacional de fútbol debería abandonar el color vinotinto porque “no los representa”. Más allá de lo absurdo del planteamiento, lo preocupante es la intención: dividir, marcar territorio, imponer una identidad sobre otra. Nada de eso contribuye al desarrollo deportivo ni social. Es repetir la misma pelea de siempre, esa que ya lleva 26 años desgastándonos como país.

El triunfo como excusa para atacar a otros

Resulta desconcertante que, tras un logro que debió alcanzarse hace mucho tiempo, algunos utilicen la victoria para desmeritar a otros deportes o atletas. En redes sociales se llegó a leer que “lo de Yulimar es individual” o que “el softbol el pasado año es de un deporte de borrachos”. ¿Qué clase de valoración es esa? ¿Qué necesidad hay de ensuciar lo ajeno para justificar lo propio?

Otro episodio lamentable fue el video grabado por varios peloteros luego del triunfo, cargado de insultos hacia un grupo de comunicadores de la página Diamante 23. Más allá de si las críticas del canal en redes eran acertadas o no, si la opinión de ellos fue fuerte hacia la selección, la reacción de los jugadores revela una fragilidad preocupante. No se puede aspirar a grandeza deportiva si no se tolera el análisis, la opinión o la crítica.

La teoría «Salvadorista» de que “si un periodista no ha jugado béisbol, no puede opinar” es tan absurda como afirmar que Luis Sojo —a quien respeto profundamente— no puede ejercer la comunicación por no haber estudiado periodismo. La opinión experta y la opinión profesional no se excluyen ni de un lado ni del otro, al contrario, se complementan. Pero para algunos, la crítica es una ofensa personal, no una herramienta de crecimiento.

Humildad: la lección pendiente

Un amigo decía recientemente: “Este triunfo es como cuando un hijo tarda doce años en graduarse -cuando debió ser cinco- . Se celebra, sí, pero también se reflexiona sobre por qué tardó tanto”. Y tiene razón. Venezuela no ganó porque de pronto se volvió potencia, siempre lo ha sido; ganó porque por fin hizo lo que debía hacer desde hace décadas: trabajar con seriedad, disciplina y enfoque.

Durante años se justificaron los fracasos diciendo que los jugadores iban al Clásico “de rumba”, “de vacaciones” o “de luna de miel prepagadas”. Esta vez no hubo excusas. Hubo trabajo. Hubo dirección. Hubo estrategia. Omar López demostró que la diferencia entre la queja y el resultado es la disciplina.

Messi y la diferencia entre responder y reaccionar

Muchos recuerdan cómo Lionel Messi fue criticado durante años en Argentina. No uno, sino miles de periodistas lo cuestionaron. Y cuando por fin ganó la Copa América y el Mundial, no salió a insultar a nadie. No grabó videos. No descalificó a sus detractores. Simplemente demostró, con hechos, que el tiempo pone todo en su lugar. Esa es la verdadera grandeza: la que no necesita gritar.

Y aquí es necesario decir algo con claridad: los peloteros campeones del mundo deben entender que han pasado a un estatus superior al que tenían. Hoy son referentes. Hoy son ejemplo para nuevas generaciones, para sus hijos, para sus familias, para un país entero que los mira con admiración. Pero no se puede ser ejemplo retando, insultando o cayendo en actitudes que rozan el “malandraje”. Una cosa es la forma de hablar —que puede ser cultural, espontánea, coloquial— y otra muy distinta es caer en amenazas, vulgaridades y comportamientos que rebajan la imagen de quienes deberían estar en el centro del olimpo deportivo.

¿Vale la pena seguir peleando?

Es momento de reflexionar. De reencontrarse con ese “diamante” que desea verlos como símbolos de unidad, humildad y hermandad. Si realmente aspiramos a reconstruir este país, ¿quién mejor que ellos para comenzar a hacerlo desde el ejemplo?

Quizás la respuesta está en lo que decía Yokoi Kenji: «hay países que ya pelearon lo suficiente como para entender que la confrontación no lleva a ningún lado». Nosotros, en cambio, seguimos atrapados en un ciclo interminable de rivalidades inútiles.

El béisbol venezolano acaba de darnos una alegría inmensa. Ojalá también nos dé una lección: la victoria no es un arma, es una oportunidad. Una oportunidad para crecer, para unir, para dejar de pelear por lo que no importa y empezar a construir lo que sí.