“Zurdo Rojas, Frank Domínguez, Leonel Vielma, Juan Arango, Lobo Guerra, entre muchos otros que conformaron diversas generaciones Vinotinto, representaron a sus estados de origen en los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles. Hoy la estructura es diferente, pero también el interés. Es innegable que la Federación Venezolana de Fútbol, en términos jerárquicos del país, tiene un peso comparable al de la FIFA dentro del ecosistema deportivo mundial; pero si la FVF comprendiera realmente lo que significan los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles para el resto de la federaciones, para el IND, para Mindeporte, y para la mass media regionales, quizá no cambiaría las estructuras, pero sí los métodos.” (LAP)

Escuchar la frase “A la FIFA no le interesan los Juegos Olímpicos” se ha vuelto casi un mantra heredado entre generaciones, una sentencia que se repite porque, en el fondo, describe una realidad que nadie ha logrado desmontar. No se trata de interés o desinterés, sino de pertenencia: el fútbol olímpico no forma parte del ecosistema que la FIFA controla, diseña y comercializa. Para el organismo rector del deporte más practicado del planeta, apoyar la cita polideportiva no es un problema, pero tampoco es una prioridad. Acompaña, pero no apuesta; respalda, pero no invierte; asiste, pero no se compromete. Por eso, salvo excepciones movidas por el honor —como Neymar en Río 2016, decidido a conquistar el único título que le faltaba a Brasil—, las grandes figuras rara vez pisan el torneo olímpico.
Esa distancia entre el fútbol y el ciclo olímpico tiene un eco evidente en Venezuela. Nuestro país vive un fenómeno similar, aunque con matices propios. El fútbol juvenil venezolano siempre ha sido competitivo, antes y ahora. En los tiempos de Lino Alonso, cuando las selecciones menores eran referencia en Suramérica, no existían los formatos benevolentes de hoy, como los siete cupos al Mundial Sub-17 que otorga Conmebol. Aun así, Venezuela figuraba. Y figuraba porque los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles permitían que los mejores jugadores de cada estado —algunos de ellos pertenecientes a clubes profesionales— representaran a sus entidades. Los equipos de Primera División o segunda nutrían directamente a las selecciones estadales, y eso elevaba el nivel competitivo del país entero.
La Venezuela de hoy
Hoy, en cambio, mientras los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles Caracas 2026 avanzan con más de 60 deportes en pleno proceso clasificatorio, el fútbol sigue siendo la piedrita en el zapato del IND y Mindeporte. No por mala intención, sino porque el fútbol venezolano entró en una especie de laboratorio permanente donde la gestión federativa intenta, con diagnósticos, códigos, métodos científicos y un lenguaje tecnocrático, encontrar la fórmula para que el deporte despegue. En ese laboratorio, el fútbol juvenil es una probeta más: una pieza dentro de un experimento que busca identidad, resultados y narrativa.
Mientras disciplinas como pesas, esgrima, baloncesto o voleibol avanzan con calendarios claros, congresillos definidos y criterios transparentes, el fútbol es el único deporte que aún no tiene un proceso de clasificación estable. Estaba previsto para marzo, luego abril; ahora se habla de mayo. Ya nadie lleva la cuenta de los cambios. Subjetivamente la FVF ha sido explícita: “Los Juegos no son de la Federación, son del IND”. Una frase que recuerda demasiado a la postura de la FIFA frente al COI. El paralelismo es inevitable.
«Organización» sin medir costos
A esto se suma la inestabilidad del formato. Las zonas han cambiado por lo menos tres veces. Ahora se habla de cuatro grupos de seis estados cada uno, con partidos solo de ida. En el calendario anterior – última referencia clara que tenemos -, algunos estados jugaban uno de local y dos de visitante, rompiendo cualquier equilibrio competitivo, rompiendo el sentido común. Y, por si fuera poco, los costos operativos recaen sobre los institutos regionales: fútbol campo masculino y femenino, más futsal en ambos géneros, viajando por todo el país para una fase clasificatoria que otorga apenas 7 cupos en total (2 por zonas) y tan solo una medalla de oro, plata y bronce por categoría.
Ante esta realidad se conoce que los directores de deportes de los entes deportivos propusieron algo lógico: clasificatorios por zonas en sede única – llamada burbuja -, como ocurre en casi todos los deportes. Más económico, más ordenado, más controlado. Pero «por ahora» la idea no ha prosperado.
¿Y la calidad del espectáculo?
El punto más delicado no está en el calendario ni en la logística, sino en la esencia misma de la competencia. El borrador de condiciones para el clasificatorio establece que ningún jugador perteneciente a la pirámide de alto rendimiento podrá participar. Esto incluye FUTVE Jr, FUTVE Femenino, FUTVE, FUTVE 2 y las reservas de futsal. En otras palabras: los mejores jugadores del país, los que entrenan en estructuras profesionales o semi profesionales, no pueden representar a su estado en los Juegos Nacionales. Y aquí es donde la reflexión se vuelve inevitable.
Si el objetivo histórico de los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles es formar parte del ciclo olímpico, si desde 1978 han sido un espacio para medir el talento real de cada región, si en el pasado los clubes profesionales aportaban un interesante grupo de jugadores a las selecciones estadales, incluso con algunos con limitaciones, ¿qué sentido tiene un torneo donde el fútbol compite sin su mejor versión?
Esto plantea tres realidades: las asociaciones deberán buscar jugadores “debajo de las piedras” para armar selecciones medianamente competitivas; la FVF, sin ninguna mala intención, deja claro que los Juegos no son prioridad desde la perspectiva de calidad deportiva; y los institutos regionales deben invertir grandes recursos en un deporte que no llevará a sus mejores talentos.
Mientras tanto, el levantamiento de pesas llevará a los mejores. Esgrima también. Baloncesto y voleibol pondrán toda la carne en el asador. El fútbol, en cambio, irá por cumplir. Un relleno —con el debido respeto— dentro de la estructura de unos Juegos que merecen excelencia.
¡Hablemos claro!
Este artículo no busca culpables. Busca claridad. Busca que todos los actores entiendan que el fútbol tiene códigos propios, que no siempre encajan con el ciclo olímpico ni con la lógica polideportiva. Y que, si Venezuela quiere que el fútbol tenga un rol digno en los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles, debe replantear su relación con el evento, no como un trámite, sino como una oportunidad. Porque mientras las asociaciones escarban recursos, los institutos estiran presupuestos y el IND intenta sostener 31 clasificatorios solo en abril, el fútbol sigue en su laboratorio, ajustando pipetas y tubos de ensayo, sin decir abiertamente que el talento que llevará a Caracas 2026 no será el mejor disponible.
No se trata de excluir al fútbol. Se trata de que todos empujen hacia el mismo lado. De que el deporte más popular del mundo deje de ser el más distante del espíritu de los Juegos. Y de que, algún día, el fútbol venezolano entienda que su lugar en el ciclo olímpico —sea en París, en Los Ángeles o en Caracas— depende menos de improvisaciones y más de asumir responsabilidades compartidas.

