Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760

Venezuela carga desde principios de siglo con una etiqueta futbolística difícil de sacudir: la del «pastelerismo». Ese fenómeno folclórico de ver a compatriotas vistiendo camisetas del Real Madrid, de un equipo Ingles o de selecciones ajenas revela una falta de arraigo. Muchos celebran títulos prestados con un eufórico «ganamos», mientras ignoran por completo la realidad y el esfuerzo del balompié nacional.

Aunque la devoción por lo nuestro ha crecido con los años, episodios recientes demuestran que las viejas mañas siguen vivas. Esta mentalidad pone en duda si realmente tenemos la madurez como país para aspirar a un cupo mundialista de mayores. Esperar que la FIFA aumente los cupos o confiar en un repechaje no tapará las carencias culturales que arrastramos desde la grada.

Las lecciones de Richard Páez y las heridas en la identidad criolla

En el nacimiento del Boom Vinotinto en la era de Rafael Esquivel a principios de siglo, el técnico Richard Páez entendió que el principal problema del fútbol venezolano era la falta de identidad. En sus conferencias recordaba cómo la selección llegó a jugar unos Juegos Centroamericanos (1.998 en Maracaibo) con un uniforme tricolor que llevaba el mapa del país en el pecho. Irónicamente, el doctor decía que parecía hecho para que los jugadores supieran a que país representaban al bajar la mirada.

Esa búsqueda de un color y un orgullo propio transformó la mentalidad del fanático durante años. Sin embargo, los retrocesos en la geografía nacional han sido notables y dolorosos. Desde la camiseta mitad Vinotinto y mitad verdemarela también en Maracaibo, hasta la insólita decisión del Unión Atlético Maracaibo en Copa Libertadores de regalar la boletería, estos han sido hechos fundamentales para que se degrade el valor del espectáculo en el país.

Del capricho en Maracaibo a la estatua de Maradona en Carabobo

Hoy, la capital zuliana vuelve a quedar en evidencia con una decisión insólita. Justo cuando el capitán histórico Tomás Rincón anunciaba su retiro de la selección, a las autoridades locales se les ocurrió levantar en la Vereda del Lago una estatua de tres metros de Lionel Messi. El hecho provocó una ola de críticas sobre el sentido de pertenencia en el deporte nacional.

Aunque la obra, al perecer, terminó vendida para financiar ayudas técnicas tras los sismos en La Guaira y Caracas, la intención inicial expuso la fragilidad del criterio cultural. Incluso portales de sátira como El Chigüire Bipolar ironizaron con la escultura huyendo de los apagones. La iniciativa zuliana nos hace recordar lo ocurrido en Carabobo en 2021 con la escultura de diez metros de Diego Maradona, una idea del Gobernador de ese estado para también homenajear a un futbolista no nacido en este país.

La responsabilidad federativa y el ejemplo a seguir en Táchira

Curiosamente estos episodios han ocurrido durante la gestión de Jorge Giménez al frente de la Federación Venezolana de Fútbol. Si bien la FVF no controla las decisiones de alcaldes o gobernadores, un trabajo de asesoría o una llamada a tiempo permitiría encauzar estas iniciativas. Richard Páez y César Farías siempre entendieron que la dirigencia debe defender y promover el sentir nacionalista en cada rincón, y aunque es público y notorio que ambos estrategas no figuran en la lista de posibles asesores dirigenciales de la FVF actual, no está demás, buscar parte de la historia para que se puedan tomar capítulos que intenten sumar a la identidad de nuestro país.

Por fortuna, no todo el panorama es desolador y existen antecedentes que demuestran respeto por nuestra historia. El estado Táchira ha mostrado el camino con la Plaza del Aurinegro y las estatuas de leyendas como William Méndez, Laureano Jaimes y Carlos Maldonado cerca de Pueblo Nuevo. Honrar a quienes construyeron nuestro fútbol es la única vía para generar una verdadera tradición deportiva.

Para clasificar a una Copa del Mundo no basta con sumar puntos en la tabla de posiciones; se requiere una cultura deportiva sólida y respetada. Priorizar a las figuras locales sobre la devoción hacia ídolos ajenos es el primer paso para dejar de ser espectadores del éxito de otros. Solo así dejaremos de depender de la suerte y empezaremos a escribir nuestra propia historia.

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