
Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760
El periodismo deportivo venezolano atraviesa una crisis que no se explica únicamente por la precariedad económica o por la falta de recursos tecnológicos. Su deterioro responde, en gran medida, a la sustitución del oficio por una corriente que se ha instalado con fuerza en los últimos años: el periodismo marketero -de marketing-, una práctica que confunde visibilidad con rigor, alcance con credibilidad y presencia digital con estructura comunicacional.
Mientras en el mundo el periodismo deportivo sigue siendo un sistema articulado —con redacciones, editores, manuales de estilo y jerarquías profesionales—, en Venezuela se ha impuesto la idea de que una marca personal puede reemplazar a un medio, y que un post en redes sociales puede sustituir a una nota de prensa, un reportaje o una investigación.
La frase más repetida por dirigentes y asesores deportivos es un síntoma claro de esta distorsión: “Eso salió en las redes.” Con esa respuesta se pretende zanjar cualquier duda, como si las redes fueran archivo, verificación, memoria o contexto. La renuncia a la web como repositorio institucional ha sido uno de los errores más graves del ecosistema deportivo venezolano. Se ha instalado la noción de que las páginas web “ya no importan”, del mismo modo que se repite que “nadie escucha radio” o “nadie ve televisión”. Sin embargo, la evidencia internacional demuestra lo contrario: los medios tradicionales siguen siendo la columna vertebral de la comunicación deportiva en países donde el deporte es industria, cultura y política pública.
Todo comienza en el aula
La crisis también tiene raíces académicas. Un estudio reciente de una Universidad de Chile advierte que la fragilidad comunicacional latinoamericana está vinculada a la debilidad de los procesos formativos. No se enseña a escribir con precisión, no se enseña a investigar con método, no se enseña a verificar con rigor. El filósofo Byung-Chul Han lo resume con claridad: “La información se acelera, pero la verdad requiere tiempo.” En un entorno donde la velocidad es el valor dominante, la profundidad se vuelve un lujo, y la veracidad, un accidente. Las redes sociales, sin filtros ni límites, han creado un ecosistema donde la opinión suplanta al dato y donde la mentira circula con mayor eficacia que la evidencia.
La irrupción de la inteligencia artificial, lejos de corregir estas fallas, las ha amplificado. Nick Bostrom advirtió que “la tecnología no solo potencia capacidades, también potencia errores”, y en Venezuela esa advertencia se ha cumplido con exactitud. La IA, mal utilizada, ha sustituido el sentido común por automatismos. Un ejemplo reciente lo confirma: un instituto deportivo regional de Venezuela publicó una nota de ciclismo describiendo “el rugir de los motores”, como si las bicicletas funcionaran con combustión. No fue un error técnico: fue un error conceptual, un síntoma de la ausencia de formación y de la dependencia ciega de herramientas que requieren criterio para ser útiles.
Cuando los entes no creen en la profesión
La desidia institucional agrava el panorama. La Federación Venezolana de Fútbol (FVF) es un caso emblemático. Ante una consulta sobre el perfil profesional requerido para ejercer como jefe de prensa de un equipo profesional, la respuesta fue el silencio.
Para ser médico, abogado o director técnico en el fútbol se exige acreditación; para manejar la comunicación, según los estándares del ente rector, basta con ser influencer, fotógrafo o locutor. Esta indiferencia hacia la profesión del comunicador social revela una comprensión superficial del deporte como fenómeno social y como industria cultural. Y nada mejor que recordar las eliminatorias, donde para la FVF era mejor invitar a influencers que darle más espacios a los periodista, hoy la realidad es latente, los influecer se fueron a otro nicho, y los comunicadores de siempre, allí se mantienen.
El desafío de las nuevas generaciones
Las nuevas generaciones de periodistas deportivos enfrentan un desafío doble: no solo escriben poco y mal, sino que tampoco saben cómo instruir a la inteligencia artificial para producir textos con peso informativo. Han convencido a dirigentes deportivos jóvenes de que “con estar en redes es suficiente”, pero la realidad contradice esa ilusión.
El béisbol venezolano, modelo de organización, mantiene sitio web, transmisiones en televisión y radio, departamentos de prensa profesionales y una estructura comunicacional completa. Si el deporte más exitoso del país -actual campeón del mundo- sostiene un sistema integral, ¿por qué el resto insiste en reducir la comunicación a un post?
“Si no tienes web, no existes.”
En Estados Unidos existe un lema empresarial que sintetiza esta discusión: “Si no tienes web, no existes.” Una página web es la cédula de identidad institucional. Puede que no se consulte todos los días, pero el día que se necesite, debe estar allí. Las redes sociales no reemplazan a la web; la complementan. No son archivo; son vitrina. No son memoria; son flujo. En ese país para solicitar un crédito, algo que para ellos es el pan nuestro de cada día, debes por obligación tener un sitio web, algo que parece simple, pero tiene una buena base explicativa.
No se trata de volver al pasado ni de renunciar a la tecnología. Se trata de recuperar el oficio. Umberto Eco, con su habitual contundencia, escribió que “las redes sociales han dado voz a una legión de idiotas”, y aunque la frase pueda sonar dura, describe con precisión el fenómeno de la desinformación amplificada. En Venezuela, esa legión ha encontrado eco en algunos dirigentes deportivos que no se preparan, que no investigan, que no viajan, que no estudian, y que terminan entregando la comunicación institucional a manos inexpertas.
Realidades y Modelos
Mientras en Colombia la radio sigue llenando estadios, en Argentina la televisión continúa marcando agenda y en España programas como El Chiringuito baten récords de audiencia, en Venezuela equipos, entes deportivos, incluso hasta atletas, ven a los medios como competencia y prohíben a sus departamentos de prensa enviar información a periodistas para obligar a estos y al público a “visitar sus redes”. Redes que, en la mayoría de los casos, no informan: solo hacen propaganda.
Cubrir deporte en Venezuela es un acto de resistencia y resiliencia. Los equipos profesionales en algunos deportes -por solo citar un ejemplo- están más pendientes de un post que de llenar un estadio; los jefes de prensa actúan más como fotógrafos que como comunicadores o relacionistas públicos; las instituciones no tienen sitio web, y las que lo tienen, no lo actualizan. La verdadera radiografía del deporte venezolano está en esa ausencia de estructura, en esa renuncia al oficio, en esa entrega del ecosistema comunicacional a los marketeros.
El periodismo deportivo venezolano no necesita nostalgia: necesita estructura, ética, profesionales y sistema. Necesita recordar que la comunicación no es un accesorio, sino un servicio público. Es memoria, es identidad, es país. Y mientras no se comprenda esa verdad elemental, el deporte venezolano seguirá navegando en un mar de likes sin profundidad, de contenidos sin contexto y de mensajes sin propósito. (LAP)

