“A veces uno quisiera no escribir este tipo de artículos. Hay días en los que desmontar artificios tan repetidos se siente como barrer el mismo polvo que vuelve a entrar por la ventana. Pero aquí estamos, otra vez, empujados por las palabras de Saragó, de Tony Carrasco y de José Manuel Rey, entre muchos, y por el eco absurdo de un debate que no merece ni el aire que se consume. Hoy elevamos el tono y convertimos ‘estúpido’ en verbo, no por renunciar a la elegancia que defendemos en el periodismo, sino porque ya resulta grotesco que la comunicación venezolana —esa campeona mundial en fabricar polémicas de la nada— pretenda ahora discutir hasta los gustos del venezolano. Hay momentos en los que uno escribe por oficio; este, lamentablemente, es uno de esos en los que se escribe por vergüenza ajena.” (LAP)

Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760
Hace unos días publicamos un artículo que, como dicen ahora hasta los dueños de medios, “se hizo viral”. En él hablábamos de la relación del venezolano con el béisbol y el fútbol, y afirmábamos que en lo individual nos parecemos al béisbol, y en lo colectivo al fútbol. Pocos días después, como si el texto hubiera sido una provocación, estalló la disputa más absurda posible: la pelea entre quienes defienden un deporte y quienes atacan al otro, una riña que no busca reflexión sino “likes”, esa moneda de cambio que ha sustituido al pensamiento.
La viralización, ese fenómeno que antes se asociaba con la difusión de ideas, hoy solo sirve para deteriorar lo cognitivo. Los llamados “medios” —que en realidad son cuentas personales con micrófono— ya no intentan hacer periodismo de altura, sino ver quién logra más seguidores o más polémicas. En el mejor de los casos, el primero genera ingresos; en el peor, el segundo alimenta la ignorancia. Y allí entra el Efecto Dunning‑Kruger, ese sesgo donde quien menos sabe más opina, o el Efecto Ultracrepidario, que describe al que da consejos sobre lo que desconoce. Así somos, y disculpen la generalización: un país donde de cada diez publicaciones en redes, siete son de quien vende equipos para generar contenido o cursos que prometen enseñarte a ser “creador de contenido”.
La disputa entre béisbol y fútbol es la versión criolla del “Chiringuito”, ese churrete televisivo español donde un grupo de señores algunos posiblemente sin títulos académicos, se gritan por defender a su equipo, peor aun, disfrutan con el morbo de ver que el rival se caiga. Eso no es periodismo deportivo, es tribalismo mediático. Y en Venezuela, con la globalización de las redes y el bombardeo de jóvenes y no tan jóvenes que buscan ser virales a cualquier costo, el panorama se vuelve más decadente. Medios pendientes de si Soteldo saludó o no saludó al final del juego de la Libertadores, o de entrevistar a Savarino para preguntarle por chismes antes que por su lesión. La comunicación deportiva se ha convertido en un reality sin guion.
El ventilador de Saragó
Eduardo Saragó, ese técnico con quien hemos tenido algunas diferencias, lo dijo sin rodeos: “Es una discusión estúpida lo de si es mejor el béisbol o el fútbol en Venezuela”. Y tiene razón. Saragó, que ama el béisbol y los caballos, encarna esa dualidad del venezolano: individualmente beisbolero, colectivamente futbolero. Puede ser polémico, puede quejarse de los árbitros, pero cuando uno de esos “periodistas de micrófono portátil” le pregunta sobre la disputa entre la pelota o el balón, su gesto basta para entenderlo: su cara denota que provoca responderle con un “coñazo” en la jeta, por gafo y por apoyar una discusión tan vacía.
Hoy todos son especialistas porque opinan, no porque analizan. Y así como habló Saragó, muchos piensan igual. La estupidez de esta disputa es comparable con la que se generará cuando el gobierno anunció que se viene un aumento salarial el primero de mayo: los mismos “expertólogos” que ayer debatían sobre béisbol y fútbol se transformarán en economistas, sociólogos y analistas laborales. Venezuela vive sumida en una epidemia de expertos sin preparación, especialistas en «me dijeron», en «andan diciendo», y pare de contar.
El chisme como producción
Sin ánimos de salirnos del tema, vale la pena detenerse en un fenómeno que explica buena parte del deterioro comunicacional del país: el chisme convertido en producto. Basta ver las promociones de los programas de farándula nacionales y regionales para entenderlo. Allí el “CHISME” —ese cáncer que erosiona la convivencia, ese argumento sin basamento que fabrica sospechas, ese mecanismo que despierta en el espectador una especie de monstruo personal— se presenta como si fuera una fuente periodística legítima. No es un invento. En los avances o promociones de esos espacios se escucha, sin pudor alguno, la frase “con los mejores chismes de la televisión venezolana”, como si se tratara de un logro profesional. Y lo más grave no es que lo digan, sino que así crece la sociedad venezolana: consumiendo chisme como si fuera información, normalizando la especulación como si fuera análisis, y arrastrando al deporte a ese mismo estilo de producción donde importa más la intriga que el juego, más el ruido que el rendimiento, más la polémica que el contexto.
¿Solo béisbol y fútbol?
Desde TeleRadio Digital hemos intentado mirar el deporte venezolano desde todos los ángulos, especialmente el federado. Nos interesa visibilizar lo que pocos ven, lo que a la mayoría de los medios no le importa. Y si volvemos al béisbol y al fútbol como ejemplo, es porque allí se revela nuestra incapacidad para analizar el fondo y no solo la forma. ¿Recibe Yulimar Rojas el mismo respaldo mediático que el fútbol o el béisbol? Obviamente no. Pero más allá de la respuesta, la pregunta desnuda el problema: ¿por qué en otras naciones se celebra el deporte como identidad y aquí como espectáculo?
Argentina no es solo Messi ni su selección campeona del mundo. Es rugby con los Pumas, el automovilismo con Colapinto. Colombia no es solo fútbol: es ciclismo con sus ruteros y pisteros, la gimnasia con Barajas, entre muchos orgullo nacional. En Venezuela, en cambio, la conversación empieza con el Real Madrid o el Barcelona y termina con las Yankes y Boston. De “venezolanidad” tenemos poco. Hasta proyectos como Venezolario, que intentaban rescatar nuestra identidad, fueron devorados en corto tiempo por la indiferencia.
La discusión más estéril es la que un canal que se autodenomina “el canal del deporte” promueve al comparar a Miguel Cabrera con Yulimar Rojas. No hay nada más ridículo que preguntar «quién es el mejor deportista de la historia venezolana”. Bien bueno sería poner a Yulimar a batear una pelota de 100 millas y a Miguel a hacer un salto triple, para disipar esa duda. Pero no, lo importante es generar controversia. Al final, como en el Chiringuito, solo les importa hacer ruido y pretender generar una polémica sin causa común, al final ellos aumentan sus likes, y ambos atletas quedan en el ojo de huracán como buenos o malos, dentro de una sociedad experta en eso.
Pelota vs. Balón
No negamos que la discusión entre el beisbol y el fútbol como deporte nacional sea estéril, pero sí revela algo: la diferencia entre las dirigencias. La Federación de Fútbol parece un laboratorio que intenta descubrir el agua tibia a diario, basta ver a la selección sub 17 en el actual suramericano y no es la sombra del pasado, más allá de que hasta en la vida misma hay altibajos, incluso desde la empatía cóncava o convexa como sea observe la gestión actual. Por su parte la federación de Béisbol, con una larense al mando, logró unir organizaciones históricamente separadas -criollitos y federado-. La dirigente campeona del mundo, fue recientemente vista en un nacional de béisbol5 o pelotica de goma, demostrando que el trabajo de base importa más que el protagonismo. Allí debería estar la verdadera discusión: en la dirigencia, no en los atletas.
Los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles son el mejor ejemplo. Basta observar cómo ambas federaciones abordan los clasificatorios para entender que el problema no está en los deportistas, sino en quienes los dirigen. Ya basta de poner en balanza a los atletas. Ellos compiten, se esfuerzan, representan, y son los que ganan o pierden. La pregunta es otra: ¿Qué hace la dirigencia por ellos?
Los verdaderos deportes nacionales
Aunque algunos quieran imponer la idea de que el béisbol o el fútbol son “el deporte nacional”, la discusión es tan inútil como ruidosa. Que el pueblo lo debata es parte del folclore; que lo hagan supuestos expertos es una señal de alarma. Porque si algo no está en duda es que los únicos deportes nacionales reconocidos son el coleo y las bolas criollas. Punto. Todo lo demás es sentimentalismo disfrazado de identidad.
Y aquí es donde la ironía se vuelve necesaria. No se trata de qué deporte grita más fuerte, sino de cómo seguimos permitiendo que la estupidez marque la pauta. Por eso este artículo —que se sale un poco del tono pulcro que solemos defender— levanta la palabra “estupidez” como bandera, no por provocación, sino por diagnóstico. Porque si continuamos transitando este camino donde la polémica sustituye al análisis, donde el ruido reemplaza al criterio y donde el chisme se viste de opinión, no hará falta esperar mucho: en cualquier momento, “el chisme” terminará siendo proclamado como nuestro verdadero deporte nacional.

