“Lo que pasa entre Salomón y Savarino vuelve a ponernos en el mismo lugar de siempre: explicando lo que no debería existir, desviándonos de lo que realmente importa, perdiendo tiempo en discusiones que ya cansan. Uno quisiera estar produciendo, creciendo, acompañando procesos serios, pero el fútbol venezolano insiste en arrastrarnos a la misma rutina de conflictos que no llevan a nada. Y entonces surge la pregunta que incomoda, la que pesa más que cualquier análisis: ¿por qué el béisbol sí, y el fútbol no?” (LAP)

Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760

Hace años escribimos un artículo de opinión donde decíamos que el venezolano, individualmente, se parece al béisbol. Y lo decíamos con afecto, porque es una comparación que funciona. El venezolano es alegre, jodedor, echado pa’ lante, capaz de convertir cualquier problema en un chiste y cualquier derrota en una anécdota. Y el béisbol es exactamente eso: un deporte que se juega todos los días, que no te obliga a cargar una semana de angustia por un mal resultado, que te da margen, que te da chance, que te permite equivocarte sin que el mundo se acabe.

En el béisbol venezolano, si no vienen grandes figuras, da igual; si un grandeliga decide debutar cuando quiere, también da igual. El torneo dura tres meses, clasifican cinco o seis de ocho, incluso con récord negativo, y nadie se arranca los cabellos por eso. Es un deporte hecho a la medida del venezolano que va al estadio a echar broma, a tripiarse un Caracas–Magallanes como si fuera un concurso de ocurrencias, no una guerra entre barras bravas, donde los puros nombres de cada una, ya causan ruido. Y claro, están los códigos: la tángana, el pelotazo anunciado, el vaciado de bancas narrado casi con picardía. Todo eso forma parte del show, y como es show, nadie lo condena demasiado. Además, es negocio, y cuando algo es negocio, todos cuidan el ecosistema.

Ese es el venezolano individual. Ese es el béisbol. Y ahí todo fluye.

El venezolano colectivo y el fútbol que lo delata

Pero cuando pasamos del individuo al colectivo, la cosa cambia. Y ahí aparece el fútbol. No el fútbol universal, sino el fútbol venezolano, que es otra historia. El fútbol exige lo que menos sabemos hacer: trabajar juntos. No te da margen, no te da tantas vidas, no te permite vivir de la improvisación. Te obliga a convivir con la derrota durante días, a planificar, a sostener un proyecto, a respetar jerarquías, a entender que el grupo está por encima del individuo.

Como decía Peter Drucker, “los grandes logros siempre son el resultado de un esfuerzo colectivo; lo individual rara vez trasciende.” Y ahí es donde Venezuela, como país, empieza a parecerse demasiado a su fútbol: un espacio donde cuesta ponerse de acuerdo, donde los códigos no están claros, donde cada quien interpreta las cosas a su manera, donde lo colectivo siempre termina dependiendo de voluntades individuales.

Un fútbol donde todo es bulla

Si el béisbol es un lugar donde la gente va a pasarla bien, el fútbol venezolano es un territorio donde todo se convierte en discusión. Aquí cualquier cosa es motivo de pelea: un cambio mal hecho, una convocatoria, un arbitraje, un comentario en redes, una declaración fuera de lugar. Los directivos de los clubes parecen vivir en un universo paralelo, sin sentido de pertenencia dentro del negocio, como si cada quien defendiera su parcela sin entender que el fútbol, para crecer, necesita un mínimo de coherencia.

Los técnicos, por su parte, han convertido la rueda de prensa en un espacio terapéutico donde cada derrota se explica culpando al árbitro, al calendario, al clima o a cualquier elemento externo que sirva para evitar una autocrítica. Y mientras tanto, los chismes se vuelven noticias, las filtraciones se celebran como primicias, y cualquier rumor se viraliza antes de que alguien se pregunte si tiene sentido.

Los medios y el ruido que alimenta el caos

A todo eso se suma un ecosistema comunicacional donde ahora «todo el mundo» opina de fútbol, incluso sin tener experiencia, sin haber visto un entrenamiento, sin conocer un reglamento, sin haber pisado un estadio más allá de la tribuna. En el béisbol opinan menos porque los números ordenan la conversación, porque el beisbol no acepta niños con sueños de ser periodista, y en tal caso si existen excepciones, este debe ingresar por el carril, no tarársela de figura al lado de grandes monstruos de la comunicación; en el fútbol, en cambio, pareciera que todo es una piñata donde cualquiera llega a darle palo, donde dos chamos tomas un micrófono y se graban con una supuesta autoridad que les da el sistema, pero lo más triste, es que ese mismo sistema los acepta y los avala, peor aun, los premia, como cuando la propia federación optó por darle mayor prioridad a los «mal llamados» influencer que a los periodistas de profesión.

Y lo más curioso es que existe una competencia por ver quién genera más viralidad, quién arma el debate más ruidoso, quién inventa el tema más llamativo. Se lanzan teorías sin sustento, se fabrican polémicas para llamar la atención, y hasta aparecen grupitos proponiendo jugar con franela azul porque “con esa ganó el béisbol”, como si el color de una camiseta pudiera resolver los problemas estructurales de un deporte.

Aquí vale recordar a John Ruskin, quien decía que “la calidad nunca es un accidente; siempre es el resultado de la inteligencia y la especialización.” Y es justamente eso lo que falta en el ecosistema mediático del fútbol venezolano. Somos probablemente el único país donde narradores y comentaristas de la selección provienen de otros deportes. Expertos en hipismo, béisbol o boxeo terminan siendo figuras en los partidos de fútbol como si fuera lo más natural del mundo. No es culpa de ellos; es parte del sistema. Ver a la Vinotinto no es una elección: es lo que hay. Te calas lo que el sistema te ofrece o buscas medios internacionales, como hacen muchos que prefieren escuchar análisis de verdaderos especialistas, o profesionales serios, antes que sumarse dentro de un espectáculo o un show.

Ese ambiente de ruido permanente hace que el fútbol venezolano viva en una especie de sobresalto constante. Todo se discute, todo se exagera, todo se convierte en tendencia. Y, a diferencia del béisbol, aquí nadie parece cuidar el negocio.

El episodio Salomón–Savarino: un espejo más que un conflicto

En ese contexto, lo que pasó entre Salomón Rondón y Jeferson Savarino no sorprende. Savarino no fue a la convocatoria, luego jugó con su club, y eso generó comentarios. Pero lo que realmente llamó la atención fue que el propio capitán decidiera exponer el tema públicamente. No porque esté prohibido hablar, sino porque uno siempre ha entendido que ciertas cosas se manejan de otra manera, sobre todo cuando se supone que el liderazgo pasa por contener, no por amplificar.

La discusión terminó saliéndose del campo. Ya no era solo Salomón; terminó opinando medio país, y hasta la esposa de Savarino entró en la conversación. Y uno, desde afuera, no puede evitar pensar que esto que pasa en el fútbol se parece demasiado a la Venezuela de todos los días: cualquier diferencia se convierte en un debate nacional, cualquier comentario se vuelve un incendio, cualquier gesto se interpreta como una declaración de guerra. No hace falta entrar en comparaciones sociopolíticas para entender que la dinámica es la misma.

Vizcarrondo y el reto de dirigir algo más que un equipo

En medio de ese ambiente aparece Oswaldo Vizcarrondo, que llega con nombre, con historia como jugador, con respeto ganado por su forma de ser, pero también con la tarea de dirigir un grupo que no termina de encontrarse -incluyendo el que no juega ni está en la cancha-. Y además, con la responsabilidad de insertarse en un proyecto que no diseñó él, que ya venía andando, y que tiene sus propias tensiones internas.

La FVF seguramente trabaja muchísimo, pero a veces da la impresión —y lo decimos como percepción, no como sentencia— de que se trabaja sin la claridad de un modelo que marque un rumbo. Y cuando no hay un rumbo claro, cualquier ruido se convierte en tormenta. Vizcarrondo entra a un ecosistema donde el fútbol no solo se juega en la cancha, sino en la opinión pública, en la dirigencia, en la forma en que se consume el deporte, en la manera en que se entiende el proyecto. Dirigir en ese contexto no es solo un reto deportivo; es un reto cultural, y en Venezuela eso siempre es más complejo de lo que parece.

La conclusión que no sorprende

Al final, cuando uno junta todo —el venezolano individual que se parece al béisbol y el país colectivo que se parece al fútbol— termina entendiendo la esencia del problema. Individualmente somos alegres, creativos, resilientes, jodedores, capaces de resolver cualquier cosa. Pero colectivamente nos cuesta. Nos cuesta ponernos de acuerdo, nos cuesta sostener proyectos, nos cuesta respetar jerarquías, nos cuesta trabajar en equipo.

Con este artículo no tratamos de idealizar al béisbol ni de demonizar al fútbol, sino de reconocer que cada deporte refleja un sistema. El béisbol también comete errores, también tiene controversias, pero cuando algo se tuerce, el ecosistema completo parece reaccionar, alinearse, corregir. En el fútbol ocurre lo contrario: cualquier diferencia se convierte en ataque, cualquier crítica en una batalla, y el poder se ejerce entre atraer a quien hace ruido o ignorar a quien no lo hace. Así se multiplican las controversias en un deporte que ha ganado tan poco, para no decir nada.

¿Por qué el fútbol en Venezuela genera más problemas que satisfacciones?