
A principios de este siglo, el país sufrió una suerte de crisis de identidad deportiva. El «Boom Vinotinto» fue tan ruidoso que, por un simple mimetismo, el país decidió que todo éxito nacional debía llevar ese apellido. Así, sin anestesia, bautizamos a la «Vinotinto de las alturas» en el Voleibol, al de los gigantes en el baloncesto o la del diamante en el béisbol. Sin embargo, el tiempo —ese juez implacable que no entiende de campañas de marketing— puso a cada quien en su lugar.
Aquella denominación fue desapareciendo por una ley natural de supervivencia: el béisbol, el voleibol y el baloncesto entendieron que no necesitaban la sombra de un deporte que, ni siquiera cuando la FIFA dio casi 7 cupos de 10 posibles, fue capaz de sacar su pasaporte al mundial. Los actores de cada disciplina decidieron, sabiamente, bajarse de un barco que navegaba con el sabor del fracaso.
Comenzó el Clásico Mundial y en trato mediático se nota a leguas
Hoy, con el Clásico Mundial de Béisbol en pleno desarrollo, la bofetada de realidad para los amantes del «show» es monumental. Mientras en el fútbol se desvive en diseñar campañas de «fe» que parecen más consignas religiosas que deportivas, y producir temas musicales rebuscados para intentar inflar más el ánimo que los resultados en la cancha, el béisbol ha optado por el camino más difícil en estos tiempos de inmediatez: el respeto.
Vimos el debut de Venezuela ante Países Bajos por un canal nacional y muchos esperábamos —con una dosis cargada de ironía— que esta planta televisiva desplegaría ese arsenal de «previa de altura» al que nos tienen acostumbrados en el fútbol.
Pensamos que veríamos a los especialistas del balompié haciendo la previa, tal cual como pasó en la eliminatorias al Mundial donde los expertos en beisbol y caballos, eran los encargados de dirigir la orquesta antes de cada compromiso. Pero eso no sucedió. Y esa dinámica es el mayor aplauso que le podemos dar a los productores, a la gestión de Aracelis León – si es que tiene algo que ver en la producción de las transmisiones – y a quienes custodian el diamante: el béisbol es sagrado porque no permite la «espectacularización» barata.
Una ventaja llamada EXPERIENCIA
En el ecosistema del bate y la pelota, la jerarquía todavía significa algo. Es casi imposible —y bendito sea el motivo— ver en una transmisión de béisbol a un «chamito» opinando con ínfulas de analista de laboratorio, o a un ejército de influencers pagados, para suplir la labor del periodista de carrera.
En el fútbol, la organización parece valorar más el engagement de un creador de contenido que la pregunta incisiva de un profesional especializado. En el béisbol, no. Allí no se confunden los roles. En el caso del Clásico Mundial de Beisbol, existe un marcado respeto por quienes tienen la responsabilidad de llevar a delante una transmisión, sean en radio o televisión, porque son voces certificadas que no necesitan un baile de TikTok para validar su conocimiento.
Aunque parezca una crítica malsana, solo buscamos aplaudir como se maneja la estructura comunicacional del beisbol en Venezuela: mientras el entorno del fútbol en este país se afana en elevar a la selección con estrategias de mercadeo que superan lo imaginable, el resultado final siempre choca con la pared de la incompetencia en la cancha. El béisbol, por el contrario, no necesita colocar la fe como plataforma de mercado, porque saben que tienen con qué, más allá de una posible derrota. No necesita que un streamer de moda le pregunte al mánager de turno «si ya comió arepas» —como vergonzosamente ocurrió con el ‘Bocha’ Batista— porque en el béisbol se entiende que la seriedad del juego empieza en la sala de prensa y en todo lo que rodeo el entorno comunicacional.
El Clásico Mundial quizás no tenga el «boom» histérico de una eliminatoria mundialista, pero tiene algo que el fútbol venezolano ha canjeado por likes: la dignidad mediática.
¡O nos miran con rabia, o se montan en el autobús del respeto!
Es hora de que el fútbol aprenda que la selección no es una moda o marca personal, tampoco una sala de video juegos para que chamos en etapa de aprendizaje jueguen a ser expertos. El béisbol desde siempre le abre la puerta a la credencial, a la trayectoria y al oficio. Quizás, si el fútbol dejara de preocuparse tanto por el contenido viral y se ocupara más por el respeto a la cultura comunicacional, algún día dejaríamos de ver los mundiales por televisión. Por ahora, nos queda el refugio del diamante, donde el único show permitido es el que ocurre entre las cales.
Cerramos con la interrogante de las 20 mil lochas, esa que desnuda la asimetría intelectual de nuestro entorno: ¿Cuántos periodistas y locutores especializados y reconocidos en el béisbol ve usted en las transmisiones del fútbol, y cuántos del fútbol ve usted en las transmisiones del béisbol? ¿Cuántos chamos ve usted «analizando el fútbol de Venezuela» en redes o medios, y cuántos ve haciendo lo mismo en el beisbol? La respuesta es el síntoma de nuestra salud mediática.
El béisbol puede que no sea el deporte más visto o el más jugado en la estadística superficial, pero es el único que cuida, de la A hasta la Z, su arquitectura comunicacional. Una estructura que mantiene a todo un país inmerso en el respeto, bajo la premisa de que el profesional no es un estorbo, sino la figura central de una valoración colectiva.

TRD Sport | Luis Alonzo Paz CNP 10.760
