Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760

La Copa Mundial de la FIFA llega a su fin y, tras más de un mes de competencia y 104 compromisos, el planeta entero se debate entre los aciertos y los desaciertos de una cita histórica. Más allá de las pasiones y el fanatismo ciego, este torneo deja lecciones profundas sobre la evolución del juego, la geopolítica del fútbol y el comportamiento de sus protagonistas, dentro y fuera de la cancha.

El mito de los números y la resistencia de la historia

El tan debatido aumento de países participantes prometía un cambio radical, pero la realidad demostró que la ampliación no marcó una diferencia abismal en los resultados deportivos. Salvo contadas excepciones de partidos sumamente abiertos, la jerarquía terminó imponiéndose. Hubo, eso sí, dinámicas refrescantes como la de la selección de Curazao, que con un estilo alegre y festivo pareció asumir el torneo sin la rigidez de buscar una evolución táctica inmediata, sino el disfrute puro. Esa actitud caribeña funcionó como un punto de inflexión y descompresión ante la inmensa tensión que asfixió tanto a los debutantes como a las potencias consagradas, varias de las cuales se vieron contra las cuerdas frente a estilos emergentes.

Al final del túnel, el fútbol siempre busca su cauce natural, tal como los ríos lo hacen con la tierra. Los cuatro semifinalistas de esta edición sabían perfectamente lo que significa levantar la copa en el pasado. Esto invita a una reflexión matemática y evolutiva: incluso si el Mundial se jugara con 64 selecciones, lo más seguro es que la historia y el peso de las camisetas se terminen repitiendo.

El laboratorio del antimessismo

Fue público y notorio el ambiente hostil que rodeó a la selección de Argentina en gran parte del mundo. La figura de Lionel Messi despertó una intriga absoluta. Para muchos, ver a un futbolista competir al máximo nivel en una nueva Copa del Mundo con 39 años y habiendo ganado la anterior fue interpretado casi como un acto de gula deportiva.

Las hipótesis sobre su declive físico y las dudas sobre su rendimiento fueron el alimento diario de quienes deseaban la caída del gigante. Sin embargo, el destino les tenía preparado un triplete en el debut. A partir de allí, los detractores del astro argentino se vieron obligados a abrir el abanico del análisis de laboratorio, construyendo narrativas complejas para intentar opacar un legado que ya resulta inalcanzable. Messi logró una hazaña invisible: que sus críticos se convirtieran, de forma sucesiva, en hinchas de los ocho rivales que enfrentó a lo largo del torneo.

La pugna de los lovers y el peso de los egos

El componente mediático estuvo marcado por la última gran batalla entre los dos jugadores más influyentes de las últimas dos décadas. Tanto Messi como Cristiano Ronaldo llegaron a Norteamérica cargados de expectativas monumentales. En este choque de narrativas, los seguidores del portugués sufrieron el golpe más duro cuando el balón comenzó a rodar. La mayoría de los análisis que daban a Portugal como amplio favorito partían del gusto y la simpatía personal, más que de una apreciación cognitiva del juego.

Portugal no estuvo a la altura de las circunstancias. El calendario estaba servido para un cruce histórico entre ambos en las rondas previas a la gran final, pero el conjunto luso falló en el intento. En lo personal, Cristiano Ronaldo se despidió con más pena que gloria, dejando para el recuerdo una frase que lo ubica definitivamente en el templo de los egos: afirmar en plena cita mundialista que «ganar una Eurocopa es igual a ganar un Mundial», resultó una declaración burlesca y carente de sentido.

En la otra acera, el torneo de Messi superó cualquier previsión. Quizás solo él y su entorno sabían el nivel que podía ofrecer, pero ni el mejor guionista del séptimo arte habría diseñado una posible despedida de los mundiales con semejante mística.

El triunfo cultural hispano y el peso de LaLiga

Aunque las fuerzas lucían parejas antes del pitazo inicial del partido definitivo, España y la cultura hispanohablante ya se habían coronado como las grandes ganadoras de este evento celebrado en suelo norteamericano. Que la gran final fuera disputada por dos selecciones de habla hispana en territorio estadounidense representa una enorme ironía de identidad para la organización, entendiendo que México también fue parte de ello. Durante los primeros días de competencia, se pretendió prohibir el español en las salas de prensa, ignorando que es la lengua de millones de habitantes en el mundo. La imposición duró poco y, por cosas del destino, la finalísima se disputa bajo el cobijo del idioma castellano.

Asimismo, quedó demostrado que la Liga Española sigue siendo la más influyente del planeta. La eterna rivalidad entre el Barcelona y el Real Madrid se trasladó a las gradas y a las pantallas de este Mundial de forma inimaginable. Ante el panorama gris del capitán portugués, un sector de la hinchada blanca buscó refugio estadístico para elevar el sentir de su club, especialmente al notar la llamativa ausencia de jugadores de la plantilla actual en la convocatoria de la selección española, lo que obligó a muchos a volcar su apoyo en figuras foráneas de su propia entidad.

Por el lado catalán, los astros se alinearon perfectamente. El Barcelona no solo aportó ocho futbolistas al combinado español, sino que vio a Messi, su máximo referente histórico, firmar un torneo de ensueño. La poética del fútbol fue tan precisa que rescató del baúl de los recuerdos aquella fotografía donde un joven Messi de 20 años cargaba a un bebe de 6 meses, y que años después se materializaría con ambos disputando finales definitorias el mismo día. Es un debate apasionante que deja mucha tela por cortar y que el fanatismo radical difícilmente logrará digerir con neutralidad.

El filtro de la realidad frente al show digital

Este Mundial estuvo completamente inmerso en la dinámica de las redes sociales, pero el desarrollo del torneo demostró que los medios convencionales y la estructura seria siguen mandando en el ecosistema informativo. A pesar de la proliferación de opinadores de oficio carentes de capacidad analítica, el show digital nunca pudo pasar por encima de la realidad del campo. El propio Lionel Scaloni lo definió con precisión antes de la final al calificar el entorno de ciertas dinámicas externas como algo totalmente «surrealista».

El torneo se despide con aciertos y errores conceptuales que seguramente serán revisados en los despachos de la FIFA. El uso del VAR en la ley «chismosa de Vinicius» dejó claro que hay cosas más importantes en que preocuparse. Por otro lado, la continuidad del tiempo de hidratación, más allá de las críticas de la ortodoxia que lo tacha de antifútbol o de estrategia comercial, abrió una ventana táctica interesantísima cuyos resultados en la evolución física y estratégica de los equipos veremos a largo plazo.

Se termina la Copa del Mundo de la globalización. Nos hará falta esa rutina maravillosa de ver hasta seis partidos diarios y descubrir a las figuras emergentes que sostendrán el futuro de este deporte. Este torneo demostró que, aunque existan ligas de élite bien definidas, el talento es universal y cualquier rincón del planeta tiene hoy la capacidad de formar a un jugador de talla mundial.