
Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760
El deporte, en su esencia más pura, no es solo una fría acumulación de estadísticas, sino un espejo de la condición humana. Existe una corriente de opinión, respaldada por técnicos y analistas de corte pragmático, que insiste en que el partido por el tercer lugar en un Mundial de Fútbol es un compromiso innecesario; un cruel recordatorio para dos selecciones heridas que deben jugar mientras el mundo fija su mirada en la víspera de la Gran Final. Sin embargo, esta visión ignora que la arquitectura del éxito deportivo contempla una estructura sagrada: el podio. Estar entre los tres mejores del planeta es una hazaña por la cual infinidad de atletas y naciones darían la vida.
En la historia reciente, el ego de las grandes estrellas de clubes de élite —donde el subcampeonato suele juzgarse como un fracaso rotundo— parece haber devaluado este enfrentamiento por el metal de bronce. Para figuras contemporáneas atrapadas en el desgarro psicológico de una semifinal perdida, este juego puede percibirse como un castigo. No obstante, al despojarnos de la soberbia del favoritismo, la historia nos demuestra que para la gran mayoría el bronce es una cumbre.
Hasta Venezuela cuenta su historia
Si viajamos a través de la memoria futbolística, hallamos hitos imperecederos: la gesta histórica de Marruecos en 2022 y su celebrado cuarto puesto; el histórico tercer lugar de la Bélgica de 2018; el milagro de Turquía en 2002 o la heroica Polonia de 1982. Si retrocedemos aún más, el tercer lugar de Portugal en Inglaterra 1966, comandado por Eusébio, permanece inalterable como la cumbre absoluta del balompié luso en las Copas del Mundo. Para estas naciones, subirse al podio o rozar su baranda no fue un premio de consolación, sino un motivo de orgullo patrio.
Para comprender este fenómeno desde una perspectiva más cercana, basta con mirar a Venezuela, un territorio que no ha saboreado la experiencia de disputar una Copa del Mundo de mayores. En el año 2011, tras alcanzar el cuarto lugar en la Copa América de Argentina, el país no se sumió en el luto por la derrota en semifinales; al contrario, las calles se inundaron de caravanas, júbilo y un recibimiento apoteósico para la selección Vinotinto. Lo que para un gigante europeo representa desdén, para otras culturas es el nacimiento de un mito.
¡Prefiero la de Bronce!
Estructuralmente, nadie anhela disputar el duelo por el tercer puesto, dado que su mera existencia se deriva del dolor de no haber alcanzado la final, ya sea por un gol fatídico en el tiempo reglamentario o la lotería psicológica de los tiros penales. Pero en la psicología del deporte ocurre un fenómeno paradójico que bien podría resumirse en la premisa: «Prefiero la de bronce», nombre de un articulo que escribimos hace más de dos décadas y que hoy desempolvamos.
En términos de jerarquía técnica y matemática, la medalla de plata ostenta mayor valor que la de bronce. Sin embargo, en el terreno de las emociones humanas, el segundo lugar se recibe con la cabeza gacha, habiendo perdido el último partido, mientras que el tercer lugar se conquista ganando. El subcampeón lamenta lo que pudo haber sido; el ganador del bronce celebra lo que es.
Esta paradoja se manifiesta con total claridad al salir del fútbol. En una carrera de 100 metros planos, el velocista del carril central festeja el oro con júbilo desbordado; el segundo lugar cruza la meta buscando los milisegundos perdidos y reprochándose el planteamiento de la carrera; por su parte, el ocupante del tercer escaño celebra con los brazos abiertos por haber dejado atrás a cinco competidores que observarán el podio desde la distancia. Logró el último cupo hacia la inmortalidad. Esta valoración del esfuerzo ha sido asimilada incluso por el Comité Olímpico Internacional al instaurar formalmente los diplomas olímpicos, un reconocimiento del cuarto al octavo puesto que certifica el ingreso del atleta al Olimpo de los mejores del mundo.
La realidad del 2026
Como escribió el filósofo Friedrich Nietzsche: «Lo que no me mata, me hace más fuerte». El compromiso por el tercer puesto es la oportunidad de cerrar la herida abierta por la eliminación a través de una victoria. Es comprensible que para las estrellas de este Mundial el «guayabo» de la derrota nuble el valor del bronce, pero si un equipo como Cabo Verde o México tuviese la oportunidad histórica de disputar el tercer lugar del mundo, el ambiente que rodearía a sus naciones superaría con creces la atmósfera de cualquier gran final.
Incluso el análisis del fenómeno de Lionel Messi en las fases decisivas ilustra este punto. Diversos analistas argentinos apuntaban a que, tras superar cuartos de final, para el país y para el propio jugador era fundamental asegurar el «octavo partido» (contando el duelo de la edición anterior). La certeza de que Messi se despediría de las Copas del Mundo sobre el césped, disputando o bien la final o el partido por el tercer lugar, eliminaba la frustración de quedarse a mitad del camino, garantizando un cierre digno y competitivo para la leyenda.
Por último, el destino y la historia suelen utilizar este partido para esculpir récords inalcanzables. Muy poco se recuerda o saben que, si no hubiese sido por la existencia de este compromiso, el francés Just Fontaine jamás habría establecido su récord de 13 goles en un solo mundial en Suecia 1958. Fontaine arribó a la definición por el tercer puesto con 9 tantos en su cuenta personal; fue sobre la cancha de ese juego «devaluado» donde marcó 4 goles frente a Alemania Federal para meter de lleno su nombre en las páginas doradas de la eternidad. El partido por el tercer lugar no es un trámite; es el último refugio de la épica deportiva.
HISTORIAL DE EMPAREJAMIENTOS POR EL TERCER LUGAR (SIGLO XX)
- Uruguay 1930: No se disputó partido. La FIFA otorgó el tercer lugar a Estados Unidos y el cuarto a Yugoslavia de forma oficial basándose en el récord general durante el torneo.
- Italia 1934: Alemania 3 – 2 Austria
- Francia 1938: Brasil 4 – 2 Suecia
- Brasil 1950: No hubo un partido eliminatorio directo de «tercer lugar» debido al formato del torneo. Cuatro selecciones jugaron un cuadrangular final todos contra todos; el partido clave que terminó definiendo esas posiciones en la última jornada fue Suecia 3 – 1 España.
- Suiza 1954: Austria 3 – 1 Uruguay
- Suecia 1958: Francia 6 – 3 Alemania Federal
- Chile 1962: Chile 1 – 0 Yugoslavia
- Inglaterra 1966: Portugal 2 – 1 Unión Soviética
- México 1970: Alemania Federal 1 – 0 Uruguay
- Alemania 1974: Polonia 1 – 0 Brasil
- Argentina 1978: Brasil 2 – 1 Italia
- España 1982: Polonia 3 – 2 Francia
- México 1986: Francia 4 – 2 Bélgica (en prórroga)
- Italia 1990: Italia 2 – 1 Inglaterra
- EE. UU. 1994: Suecia 4 – 0 Bulgaria
- Francia 1998: Croacia 2 – 1 Países Bajos
Siglo XXI
- Corea-Japón 2002: Turquía 3 – 2 Corea del Sur
- Alemania 2006: Alemania 3 – 1 Portugal
- Sudáfrica 2010: Alemania 3 – 2 Uruguay
- Brasil 2014: Países Bajos 3 – 0 Brasil
- Rusia 2018: Bélgica 2 – 0 Inglaterra
- Catar 2022: Croacia 2 – 1 Marruecos
- Norteamérica 2026 (18 julio): Francia vs. Inglaterra

