
Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760
El caso de Daniel Farías en el Farid Richa ha encendido las de por sí complejas alarmas sobre el comportamiento de los propios protagonistas del balompié nacional. El célebre filósofo e historiador Will Durant sentenció en su monumental análisis sobre las civilizaciones que «una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro». Si trasladamos esta premisa al entorno del fútbol venezolano, la radiografía es exacta. El balompié local parece padecer una enfermedad autoinmune: una crisis de valores y de formas donde sus propios actores son los primeros en debilitar una estructura que intenta levantarse.
El polémico episodio de Daniel Farías en el Farid Richa tras la derrota del Carabobo FC no es un hecho aislado. Es el reflejo de una cultura de la queja estéril y de la conveniencia propia.
Hay que desvestir el escenario y despojarlo del morbo mediático para entender la realidad de lo que ocurrió con Daniel Farías en el Farid Richa. El estadio de Barquisimeto cuenta con todas las condiciones y características necesarias para albergar partidos de la primera división venezolana. Dispone de salas de reuniones perfectamente aptas donde los estrategas y jugadores pueden atender a los medios con total normalidad. Lo acontecido tras el pitazo final no fue una negligencia de la infraestructura del estadio, sino una evidente falla de comunicación entre las tres patas de la mesa donde el Portuguesa FC es el principal responsable, dejando claro que el Carabobo FC, no tuvo nada que ver con a logística de juego por ser visitantes. .
Al estar jugando en casa prestada debido a las necesarias y urgentes refacciones de su propio feudo, el club llanero se vio superado por la improvisación del momento. Sea por desconocimiento del estadio, falta de previsión o los retrasos naturales de la dinámica postpartido, el departamento de prensa terminó organizando el encuentro con los medios dentro de un camerino; un espacio que, por su propia naturaleza arquitectónica, cuenta con baños y duchas.
El peso de los antecedentes y la complicidad del micrófono
La incómoda escena de Daniel Farías en el Farid Richa no resulta extraña para quienes guardan memoria histórica de nuestro balompié. El apellido Farías arrastra un expediente de confrontaciones directas. El propio Daniel, en complicidad con el recordado cuerpo técnico de la Vinotinto durante la segunda década de este siglo (allá por el 2013), protagonizó un bochornoso e intenso impasse a golpes y puñetazos contra miembros de la prensa en las instalaciones del Polideportivo de Puerto La Cruz.
Hoy, arropado por los años de trayectoria, el técnico exige un profesionalismo y una evolución de nivel que él mismo dinamita con sus actitudes. Si un entrenador con su experiencia, acompañado en la mesa por un jugador de recorrido internacional con la Vinotinto, identifica que el espacio asignado vulnera la dignidad de su cargo y no cumple los parámetros mínimos, el camino de la grandeza no es armar un show frente a la cámara. La verdadera autoridad moral radicaba en tener la voluntad de levantarse, negarse con educación y firmeza a declarar bajo esas condiciones y plantear la queja por los canales regulares. Pero es más sencillo sentarse con la rabia de la derrota fresca, despotricar ante el micrófono y desviar el foco del juego hacia el morbo de las duchas vecinas. ¿Buscaba acaso ocultar el resultado deportivo con el escándalo?
En esa misma mesa, la responsabilidad fue compartida. Los periodistas, estudiantes de comunicación y creadores de contenido que estuvieron en el lugar demostraron una deprimente falta de ética y rigurosidad profesional. En lugar de retirar los micrófonos por respeto al gremio y negarse a convalidar la improvisación (hablamos de los periodistas), prefirieron encender las cámaras buscando el like, la reproducción rápida y el chisme digital.
Esta fijación enfermiza por alimentar la polémica antes que el juego ya se observó en la pasada Copa del Mundo, donde parte de la prensa internacional de forma errónea prefería obsesionarse con la narrativa de las figuras antes que desglosar la pureza de la pizarra táctica durante los noventa minutos. Estamos seguros que si Farías y los comunicadores se iban de lugar nada hubiese pasado, ¡Pero no!, fue mejor armar el show y darle comida a quienes repiten a diario que «el futbol de Venezuela no sirve», ese ecosistema donde pertenecen los protagonistas de lo sucedido.
Silencios cómodos en otros deportes
Esta fijación casi destructiva y el ensañamiento con el balompié contrasta fuertemente con la benevolencia y la protección con la que el entorno comunicacional arropa a otras disciplinas en el país. En Venezuela, los males crónicos del béisbol y el baloncesto suelen ser matizados, maquillados o simplemente sepultados bajo la alfombra.
Es un secreto a voces lo sucedido recientemente con el baloncesto profesional y la sombras de las apuestas; además del evidente desinterés del público para asistir a la liga Mayor de Beisbol, donde a veces ni los familiares hacen el esfuerzo para verlos jugar. Sin embargo, son contados los dedos de la prensa que sostienen una línea de investigación frontal y crítica constante sobre estos temas. Todos saben que viven de eso, entienden que es parte de su sustento y prefieren callar. Al fútbol, en cambio, se le ejecuta públicamente sin miramientos y con saña.
La urgencia de un compromiso real
Mientras el debate nacional se estanca de forma ridícula en la estética de una comparecencia de prensa, las verdaderas alarmas se encienden en las inmediaciones de los estadios. Esa misma semana se vivieron hechos delictivos en el eje barquisimetano, donde los miembros de una barra local de segunda división – según fuentes periodísticas – atacaron el autobús de la barra de Portuguesa FC, algo que obviamente viene a colocar una nueva raya a este tigre, que pareciera no le importara a los dueños de equipos, donde supone pensar que les interesa tener de cerca esos grupos de choque. A esto le sumamos la suspensión del juego entre el Deportivo Táchira y el Anzoátegui FC, tras un corte del fluido eléctrico, y definitivamente queda demostrado que el fútbol racional necesita de un acuerdo entre todos los involucrados para que deje de ser una comiquita.
El fútbol venezolano importa, pero necesita desesperadamente que sus propios protagonistas empiecen a respetarlo. Antes de sentarse a una mesa a destruir y lanzar críticas hirientes sobre una estructura que ya tiene deficiencias, cada técnico, jugador o dirigente debería mirar hacia adentro y preguntarse: ¿Qué estoy aportando yo hoy para que esto no vuelva a suceder?
Lanzar desprecio sobre una liga en desarrollo es la salida más cómoda para justificar los tropiezos propios. Mientras los actores principales sigan alimentando a los detractores que afirman que el deporte rey en el mundo, en Venezuela no sirve, el balompié seguirá atrapado en su propio lodo. Toca actuar con grandeza, madurez y responsabilidad colectiva.
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