
La historia del fútbol venezolano puede contarse desde muchas perspectivas, pero siempre habrá un espacio reservado para los momentos de quiebre, esos que marcan un antes y un después. Es lógico que cada nueva directiva de alguna institución intente resaltar el valor de su propia gestión; el problema surge cuando se cae en el extremo de sobrevalorar lo presente o, peor aún, en el de minimizar el esfuerzo de quienes abrieron el camino. En este 2026, la realidad habla por sí sola: la actual dirigencia de la Federación Venezolana de Fútbol (FVF) camina distanciada del pasado.
Hace poco, un video analizaba los motivos del porqué en la actualidad todo genera impacto: el riesgo de ser una sociedad con 25 años de memoria gráfica obliga a saber que todo existe. Quizás por eso, para la FVF actual no parece prioritario recordar a Ratomir Dujković como el pionero en los procesos de evolución de nuestras selecciones, ni educar a los más jóvenes sobre el hecho de que José Omar Pastoriza, un histórico campeón de la Copa Libertadores, dirigió a Venezuela. Tampoco se busca que el país recuerde a aquella selección de Copa América comandada por Carlos Horacio Moreno, quien tuvo el carácter de apartar a varios jugadores por motivos disciplinarios en pleno torneo, convirtiéndose en el primero en exigir condiciones de trabajo dignas para la absoluta. Bajo esa misma línea de omisión, la federación sigue en deuda con el profesor Alí Cañas, primer venezolano en formar parte de un cuerpo técnico en una Copa del Mundo.
La historia se hizo para ser contada, pero si esperamos que el ente rector del fútbol nacional se encargue de rescatarla, la tarea se vuelve utópica. Corresponde a las plataformas independientes y a las vivencias de sus propios protagonistas mantener a salvo un legado que le pertenece a todo el país.

La era Richard Páez y el cambio de mentalidad
Al inicio del siglo XXI, el rumbo de la selección cambió de forma radical. Rafael Esquivel (presidente de la FVF), decidió entregarle el banquillo a uno de sus críticos más frontales: Richard Páez, médico de profesión y exfutbolista que venía de hacer historia al llevar a Estudiantes de Mérida a los cuartos de final de la Copa Libertadores en 1999. Aquella designación no solo impulsó su carrera, sino que desató el boom más importante del deporte nacional, comparable en efervescencia y pasión popular con el reciente título obtenido por Venezuela en el Clásico Mundial de Béisbol. Vale aclarar que hablamos de impacto social y orgullo patrio, no de resultados directos, para evitar que los fanáticos del diamante piensen que se intentan equiparar con los logros finales.
Páez logró algo inédito: transformar a una Venezuela acostumbrada a perder en un equipo con mentalidad ganadora. Así como el argentino Lautaro Martínez hizo gestos de despojo en el mundial tras romper una larga sequía de goles, la afición venezolana vivió una catarsis similar al saborear los primeros triunfos consecutivos en eliminatorias, dejando atrás estadísticas del pasado que ni se deberían contar. Lo valioso de Richard no fue que inventó el fútbol -nunca lo hemos pensado-, sino que le dio al jugador venezolano el respeto que merecía. Sin figuras en los clubes de élite mundial —una realidad que no dista mucho de la actual—, consolidó un equipo competitivo, con identidad y una idea de juego clara.

2005: El nacimiento de las bases juveniles
Ese despertar de la absoluta no tardó en trasladarse al fútbol base. Hacia el año 2004, tras la Copa América de Perú, las categorías menores se preparaban para los Sudamericanos Sub-17 y Sub-20 que se disputan cada dos años. En el horizonte de 2005, el país se jugaba el futuro en unos torneos que siempre venían dirigidos por Lino Alonzo, considerado el protegido de Rafael Esquivel. Si bien Alonzo aportó al fútbol formativo en su época, su prolongada permanencia terminó por convertirse en una tranca para la proyección de los nuevos talentos.
La realidad golpeó con fuerza en marzo de 2005. Maracaibo fue la sede de un Sudamericano Sub-17 donde Venezuela, a pesar de tener en la cancha a figuras de la talla de Tomás Rincón y Leo Colmenárez, vivió una de sus páginas más grises: el equipo terminó último de su grupo tras encajar cuatro derrotas, recibiendo 18 goles en contra y anotando apenas 5. Un trago amargo comparable al reciente Sudamericano Sub-17 (2026), donde la clasificación al Mundial se logró gracias a que la FIFA extendió los cupos a siete plazas, pero en lo deportivo, Venezuela de muy baja calidad.
Ante el fracaso de Maracaibo en ese 2005, Richard Páez asumió el control total de los procesos de selección y entregó el fútbol menor a Nelson Carrero y Amleto Bonaccorso. Esta dupla asumió el reto de armar la primera selección Sub-15 en la historia del país, con la mira puesta en el torneo continental de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia.


La mística larense que forjó una generación mundialista
Durante los meses de agosto y septiembre de ese 2005, los entrenadores convocaron a una preselección de 60 jugadores de todos los rincones del país. Aunque la base inicial se fijó en Caracas, al momento de hacer el recorte definitivo a 35 futbolistas, el cuerpo técnico eligió al estado Lara como su centro de entrenamiento. Allí, los «vinotinticos» permanecieron concentrados durante 40 días.
En Barquisimeto, Bonaccorso se reencontraba con su pasado como referente del recordado Unión Deportiva Lara, mientras que Nelson Carrero aportaba la jerarquía de haber sido el jugador encargado de marcar a Diego Maradona en las eliminatorias de 1985, además de sus grandes tardes con el Sport Marítimo y el Caracas FC. La capital larense respiraba fútbol sin saber que en ese grupo de muchachos de 14 años se estaba moldeando la base humana que, cuatro años más tarde, clasificaría a Venezuela a su primera Copa del Mundo: el Mundial Sub-20 de Egipto 2009.

La cámara como testigo y el origen del análisis de video
El furor de la Vinotinto era total, un fenómeno de masas que arropó también a las categorías menores, donde los juveniles veían en la absoluta un espejo donde reflejarse. En ese escenario, los comunicadores César Semidey y Luis Alonzo Paz ya sumaban años recorriendo los campos del fútbol base, asistiendo a los Sudamericanos juveniles con una convicción clara: el futuro del balompié nacional dependía del apoyo a los chamos.
Durante la concentración en Lara, Luis Alonzo Paz, quien formaba parte de Somos TV, tomó su cámara de video para grabar los entrenamientos en una época donde los teléfonos inteligentes no existían. La idea original era simple: obtener tomas de apoyo para el noticiero del canal. Sin embargo, al mostrarle el material a los entrenadores, estos descubrieron el valor de las imágenes y le pidieron al periodista que los acompañara de forma externa para grabar los trabajos y poder analizarlos. En un tiempo donde la figura del analista de video no existía en los cuerpos técnicos, Paz inauguró el oficio en el país de forma empírica. «Puede que yo haya sido el creador de eso sin darme cuenta», recuerda Paz entre risas en una entrevista dada al Diario el Informador.
Con los días, el archivo crecía y la cámara no solo captaba los movimientos tácticos, sino también el lado más humano de los jugadores, registrando vivencias que iban más allá de un simple partido de fútbol.
«Un sueño que apenas comienza»: El reconocimiento al periodismo educativo
Fue durante esos días que Elder De Lemos (dirigente deportivo para la época), le obsequió a Paz el video de «Tocar y Luchar», el documental que relata la creación del Sistema Nacional de Orquestas. Aquella obra conmovió al periodista, quien debido a su melomanía vio en la historia de esos jóvenes músicos, con un Gustavo Dudamel adolescente a la cabeza, un reflejo perfecto de la primera Sub-15 de Venezuela. Al llegar a su casa, revisó las cintas en bruto de los entrenamientos y concibió la idea de realizar un trabajo motivacional similar para los chamos y sus representantes.
El proyecto se construyó sin presupuesto y con todas las limitaciones técnicas de la época. Lo que comenzó como un soporte para el cuerpo técnico terminó convirtiéndose en el documental “Un sueño que apenas comienza”. La obra tuvo un impacto inmediato, al punto de conquistar el Premio Nacional de Periodismo en el año 2006, convirtiéndose en el único trabajo de corte deportivo en la historia en lograr este galardón bajo la mención de periodismo informativo.
Culminada la producción, y con la intención de motivar al plantel, el periodista viajó a Bolivia gracias al apoyo del empresario Edmundo Chabchi, quien no dudó en valorar el esfuerzo del periodista, para que este viviera en primera persona el debut en la cancha de una generación histórica, la generación mundialista.
Dos décadas de resistencia contra el olvido
Esta crónica se relata porque es necesario recordar que la historia del fútbol de un país no empieza de cero con cada cambio de directiva. Los hechos permanecen intactos frente al paso del tiempo, más allá de las simpatías que despierten las gestiones del pasado. “Un sueño que apenas comienza” fue el título de una idea que no tiene fecha de caducidad.
Nadie podrá borrar de los registros que Rafael Romo custodió esa portería, que Francisco «Minino» Flores fue el capitán de esa escuadra, o que Daniel Blanco —hoy asistente técnico en la escena mundialista con Panamá— formó parte de ese grupo. Incluso el atacante Reimond Manco, quien poco después deslumbraría al continente con la selección de Perú, dio sus primeros pasos en ese proceso. Esa misma base estuvo a un solo punto de clasificar al Mundial Sub-17 en 2007 en Ecuador, cuando la bondades que hoy brinda la Conmebol no existían y solo clasificaban 4 selecciones. también sirvió de plataforma para que, en 2008, César Farías tomara el testigo de la absoluta, consolidando la ruta hacia el Mundial Sub-20 con piezas ya incluidas como Salomón Rondón y Jonathan Del Valle.
A 20 años de aquella primera Sub-15 y de la conquista del premio periodístico, rescatar esta memoria es una invitación a la reflexión y no al ataque hacia la actual directiva de la FVF. Los nombres en las oficinas federativas cambian con las épocas, pero el trabajo documental hechos por estos profesionales de la comunicación, como hoy lo hace Jair Pineda muchas veces ignorado y criticado por el propio ecosistema del fútbol venezolano, queda como un testimonio permanente que resguarda la vigencia de ese sueño Vinotinto que se niega a caducar.

Por TRD Sport | VJV
