Por Luis Alonzo Paz | CNP 10.760

Las plataformas del Ministerio del Poder Popular para el Deporte (Mindeporte) expusieron recientemente los avances del Comité Organizador de los II Juegos Bolivarianos de la Juventud 2027. La ratificación de La Guaira como sede estratégica para el triatlón, ciclismo de ruta, voleibol, aguas abiertas y fútbol campo, en articulación con la Organización Deportiva Bolivariana (ODEBO), da cuenta de una capacidad de articulación institucional impecable. Es un despliegue que muestra a un país capaz de mirar hacia el futuro y planificar a largo plazo con rigor organizativo.

Sin embargo, el ejercicio periodístico nos exige no solo registrar lo que resplandece en el horizonte lejano, sino también observar la sombra donde habita el presente. Mientras la agenda oficial proyecta con luz de neón los juegos que fueron cambiados para el año 2027, incluso, se habla a diario sobre los Juegos Suramericanos de Argentina, el principal motor del desarrollo deportivo interno —los Juegos Deportivos Nacionales Juveniles 2026— permanece resguardado en esa lámpara maravillosa que todos reconocen, pero sobre la cual nadie se atreve a señalar cuándo será frotada para definir el calendario real, o incluso, uno tentativo.

El ecosistema del atleta, planificación y núcleo familiar

Hablar de la cantera deportiva exige despojarse del paternalismo condescendiente y entender el deporte de rendimiento como una estructura sistémica donde la familia opera como el primer sponsor estratégico del atleta. El entorno familiar de un deportista juvenil no solicita amparo ni proteccionismo; demanda previsibilidad.

Un calendario deportivo no es una simple lista de fechas en una libreta institucional, sino un instrumento de planificación vital. Para una familia, saber si la magna cita ocurrirá a finales de noviembre o durante el mes de diciembre implica estructurar recursos financieros, gestionar permisos laborales y proyectar la movilidad logística necesaria para acompañar el punto culminante de años de entrenamiento. La certidumbre organizativa no es un lujo administrativo, sino una condición básica para garantizar la dignidad y el respaldo alrededor del rendimiento deportivo de cada atleta en esta etapa de formación. Puede que cada instituto de deporte ponga su mirada en cada deportista, pero todos sabemos, que sin el impulso familiar, es casi imposible que el deporte juvenil salga a flote, ¡y no estamos descubriendo el agua tibia!

La dicotomía entre la pista y la academia

A esta ecuación se suma un nudo crítico de carácter estructural: la permanente distorsión entre el sistema educativo y el circuito de alta competencia. Es un secreto a voces en la realidad deportiva venezolana que gran parte de los centros de educación secundaria y universitaria carecen de protocolos adaptados a la condición de atleta de representación regional o nacional.

Sin una fecha oficial sobre la mesa, el deportista juvenil no solo debe administrar el impacto físico y psicológico de sus microciclos y macrociclos de entrenamiento, sino que se ve forzado a litigar a ciegas en las aulas de clase. Negociar evaluaciones, justificar inasistencias y defender su rendimiento académico ante instituciones que a menudo perciben la práctica deportiva como un elemento ajeno al desarrollo integral, transforma el proceso formativo en una carrera de obstáculos burocráticos y pedagógicos.

Filosofía, comunicación y la urgencia de la certidumbre

El filósofo holandés Baruch Spinoza, una de las figuras cumbre del racionalismo del siglo XVII, planteaba que la incertidumbre no es más que una privación del conocimiento sobre las causas reales que mueven las cosas. En el escenario deportivo patrio, nadie pone en duda la buena voluntad ni la competencia técnica de los entes rectores para concretar la cita nacional en el último trimestre, tras las contingencias registradas en el mes de junio.

Lo que genera una válida objeción es la asimetría informativa, -y no por culpa de un departamento que comunique, sino porque los voceros no hablan sobre el tema-, es la paradoja de comunicar de forma quirúrgica los compromisos próximos internacionales, mientras el evento cumbre del país, el evento polideportivo más importante de Venezuela permanece en la penumbra informativa.

El relevo generacional del deporte venezolano no se construye únicamente con declaraciones de intención hacia el futuro, sino asegurando la viabilidad del presente. Concederle a la cantera nacional el mismo rigor, el mismo megáfono y la misma urgencia institucional en las plataformas o medios que se le otorga a la agenda bolivariana de 2027, no solo despejaría las ecuaciones de entrenadores y delegaciones. Sería, ante todo, un acto de coherencia con el esfuerzo de quienes hoy sostienen la base piramidal del deporte venezolano.

¡Ojalá y alguien frote pronto esa lámpara, para que pasemos de a incertidumbre a la certidumbre!

Toda la antesala a los Juegos Deportivos Suramericanos Santa Fe 2026 en este enlace